Me llaman Soe, como si ese fuera mi nombre. Éste tampoco es mi cuerpo; soy pequeña, flacucha, pálida. Tengo cinco dedos en cada pie. ¿Quién necesita cinco dedos? Los dedos terminan en uñas, bueno casi todos, hay un dedo tan pequeño, que no termina… en nada, ni siquiera en uña. Es un insulto. ¡Ah! Y tengo manos, también hay cinco dedos en ellas (pero eso seguro ya lo sabes).

Llevo un tiempo por aquí (vale, no voy a quitarle hierro al asunto, he contado el tiempo), han sido sesenta y cuatro soles con sus lunas. Mi primer recuerdo es despertar a media noche entre un montón de madera y hierba blanca (eso parecía en la oscuridad). Unas figuras amenazantes me rodeaban. Adopté de inmediato  una posición defensiva, abrí mis fauces y emití un rugido antes de escupir fuego (ahora entiendo que fue una exageración), pero de ninguna manera salió fuego, sino un chillido estridente que hasta a mí me sobresaltó.

Un diminuto solecillo alargado se iluminó en lo alto, no hacía falta, yo veía sus siluetas en la penumbra. Parecían gigantescos humanos (ya saben, eso fue lo que me asustó). Sin embargo, la luz sí que sirvió… para verme yo. Ellos realmente no eran grandes, yo era… soy pequeña. Y mi aspecto era… es… humano.

Tuve una crisis, eso dicen ellos. ¿Mis padres? Sí, eso. Traté de desgarrarlos, intentándolo me rompí las uñas. Tratando de usar mis patas caí al suelo de espaldas y entonces traté de liberarme de este cuerpo…. Duele, esta piel es muy fácil de romper, pero debajo no estaba mi piel, solo mi propia sangre y  mucho dolor. A partir de ahí se volvió todo muy confuso; gritos, puños, dolor de cabeza, y oscuridad. Más tarde me han explicado que Sebastian, mi hermano (el hermano de Soe, yo no tengo hermanos), me dio con una sartén en la cabeza.

El siguiente recuerdo es la claridad del sol que atravesaba mis párpados. Abrí los ojos y por un instante creí haberlo soñado todo. Mis sentidos estaban aletargados. Una tranquilidad no propia de mi temperamento me invadía. No, no estaba soñando. Ahí estaba otra vez la hierba blanca, no son más que los trapos que usan los humanos para no congelarse (Aunque no estoy segura que se cubran por frio solamente, después de observarlos por un tiempo me he dado cuenta de que tienen manía con los trapos. Creo que en el fondo sienten vergüenza de sus cuerpos). Lo peor es que estaba en una jaula, no exactamente, pero así la sentí en ese momento. Estuve varios soles y lunas gritando (bueno, entre pinchazo y pinchazo). Eso no estaba funcionando, así que decidí dejar de gritar.

Inmediatamente comenzaron las visitas de un doctor. Yo estaba muy debilitada, este cuerpo no aguanta mucho sin comer. ¿Y que me traía? Verduras, cosas de apariencia y textura sospechosa. Le miré, traté de usar mi telepatía. Nada, este humano tenía la cabeza cerrada, no podía comunicarme. Entonces comenzó a hablar. Se comunican de forma diferente a nosotros. Las palabras describen imágenes fijas o en movimiento. Después de todo hay que reconocer que su lenguaje es ingenioso. En poco tiempo ya lo tenía, estaba chupado.

El doctor hacía su aparición todos los días, varias veces. Es supuestamente un sanador (ja, ya le gustaría, en éste miserable mundo ya no hay magia), su especialidad es hablar, hablar y hablar. Pasaron treinta soles y lu… días (Será mejor que me acostumbre a sus palabras, los soles y las lunas sirven en imágenes, en palabras resulta redundante). En fin, treinta días después, tenía la historia. Aunque aún tengo la impresión de que algo se me escapa. Tal parece que esperaba que contara algo, no lo sé.  Tal vez, si me hubiera dado alguna pista, hubiera podido seguirle la corriente. Hasta ese momento mis progresos no eran pequeños. Tenía mentalmente organizado un abanico de personas relacionadas a Soe. Estaba lista para empezar a hablar. Mejor aún, estaba lista para ser visitada. Si ya los dejaban entrar, pronto me dejarían salir. Yo necesitaba salir, desde este encierro no podía investigar, dónde estaba mi cuerpo, por qué estaba aquí.

Mis padres (esos padres) empezaron a venir cada 7 días. Me observaban mucho. ¿Con compasión?, si, con compasión. Al hombre no dejaba de subirle y bajarle una pelota por el cuello. Ella derramaba cantidades considerables de agua por los ojos, lágrimas. No es que los Dragones no lloren, que también tenemos sentimientos; pero una lágrima de Dragón es rara, no viene acompañada. Aparece en situaciones excepcionales. Me resulta extraño ver tantas juntas de una sola vez. Lo de esta señora es debilidad. Yo no he llorado nunca.

Y acá estamos en el día sesenta y cuatro. Hoy es la entrevista para salir. Una especie de evaluación. Domino bien el lenguaje, tengo buen vocabulario. Aunque hay un problema, los Dragones no podemos mentir.

Me he sentado frente al doctor, he abierto la boca y asombrosamente he podido hablar. Más que hablar, mentir.

Solamente he repetido la historia tal como he podido armarla, a partir de los retazos que mi cerebro ha ido acumulando de las conversaciones de todos. Se lo ha tragado. Había practicado mucho imitando los gestos compungidos y culpables de Sebastian (los padres le llaman Seb).

Estoy fuera. Mi supuesta familia ha venido a recogerme en un coche. ¡Si pudiera volar! Pero ahora es más preocupante haber mentido. ¿Significa que ya no soy un Dragón? (Si, dragón, no me voy a llamar a mí misma Dragona para daros gusto en vuestra separación de géneros).

Los humanos son buenos en eso de lavar cerebros, pero de ninguna manera se los voy a permitir. He construido un pequeño mantra, me lo repito cada vez que intentan confundirme.

Yo soy K, un Dragón joven, ¡vale!…. Un Dragón hembra, joven, de apenas cinco años, fuerte, mi cuerpo es grande, tengo alas para volar y dos poderosas patas con garras de verdad. Puedo ver en la oscuridad, soy inteligente, perseverante, me comunico con un lenguaje telepático y lo más importante es que mi fuego puede consumir un bosque entero de una sola pasada. Soy alucinante.

Aunque en este mundo los Dragones no escupen fuego.

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