Danielle Lizalde, vive hace dos años en Puente del Río, se mudó allí con su hijo que ahora tiene diez años. Sus modos distinguidos no encajan del todo en el ambiente pueblerino, pero su trato amable y generoso, le han proporcionado cierta simpatía entre sus vecinos.

La mañana en que la noticia se filtró estaba en una tienda pequeña del pueblo, dónde suele encargar libros y revistas de la ciudad. Escuchar el nombre del chico muerto en boca de las dependientas, heló la sangre en sus venas. Dejó la compra a medio hacer para desplazarse hasta el instituto donde estudia su hijo. Sin hacer caso a la política de puertas cerradas, se introdujo hasta la clase y lo sacó de la escuela sin dar explicaciones.

Su hijo la cuestiona cada día por su conducta absurda, ella responde que ya no le gusta el pueblo, que se ha vuelto un lugar inseguro y otras excusas que se le van ocurriendo sobre la marcha. Ha organizado pequeñas expediciones a sitios cercanos en los que emplea todo el día visitando nuevas viviendas, sin decidirse por ninguna. De la búsqueda de una casa ha pasado a hacer estravagantes excursiones sin sentido. Esta mañana han dejado el coche en un pueblo cercano y se han subido a un tren.

El chico tiene un nombre, con el que está inscrito en un registro; pero Danielle le llama por otros diferentes, es un juego entre los dos. El niño se lo cambia con relativa frecuencia, a veces el nombre dura solamente un día. Toda la vida, el nombre extranjero de ella ha llamado la atención y siempre ha deseado cambiarlo. Quizás por eso le parece normal ese juego privado con su hijo, que esta semana se llama Andrés. Para que el juego no trascendiera fuera del ámbito familiar, en la escuela dejó instrucciones para que su hijo siempre fuera llamado por el apellido familiar, Lizalde.

Llegan a Fuentebella temprano en la mañana. Antes de bajarse del tren Danielle le comenta que este es su pueblo natal. Recorren juntos las calles empedradas. Aunque los pueblos pequeños no cambian mucho, aun así tropiezan con nuevas casas, con nuevos negocios. Danielle trata de contagiarle a su hijo su entusiasmo, sin embargo, Andrés parece aburrido.

A medio día ya se ha dado por vencida. Se sientan en la calle principal, en el mejor restaurante lugareño. Un camarero se acerca y les toma el pedido. Mientras lo mira alejarse con la nota en la mano, Danielle piensa en lo inútil de este viaje. Probablemente Andrés lo olvidará en muy pocos días. Si la experiencia es desagradable, lo más seguro es que mañana vuelva a cambiarse el nombre.

A su hijo, sin importar el nombre que lleve, le gustan las historias. En ocasiones una buena historia ha hecho que conserve el nombre por todo un mes. Según sus normas, cuando cambia de nombre ya no pueden volver a hablar de las historias que se le narraron con el nombre anterior. No está segura de poder atrapar su interés, pero nada se pierde al intentarlo.

Sin meditar el motivo, se le antoja adecuado narrarle la historia de Roxana, su primera amiga en los años escolares.

—Cuando era muy pequeña, antes de empezar la escuela –comienza a contarle–, la única persona con que podía jugar era una hermana mayor que yo. No era muy divertida, creo que le gustaba mucho estudiar y por eso pasaba las horas de juego tratando de instruirme. Con el tiempo se hizo divertido, hasta ganas me dieron de hacerme profesora, sobre todo para poder cambiar de rol en alguna ocasión. Por muy increíble que parezca, mi mayor deseo llegó a ser empezar la escuela. Lo anhelé durante tanto tiempo que el primer día, no pudo ser más decepcionante. Todos los niños alrededor no paraban de llorar. Estaba siendo la peor experiencia de mi vida, cuando reparé en otra chica que estaba tan desilusionada como yo.

Nos hicimos amigas enseguida –continúa Danielle–. Durante algunas semanas hizo realidad mi sueño de ser la maestra en aquel juego aburrido que me había enseñado mi hermana, hasta que un buen día ya no tuve nada nuevo que enseñar y entonces tuve miedo que la amistad terminase.

—¿Y fue así? –pregunta Andrés interesado

—Que va, ese fue el comienzo de la parte más divertida. Roxana me enseñó juegos de verdad, podría pasarme horas contando la de cosas estupendas que hicimos juntas.

—¿Y qué pasó?

—Un día las cosas se torcieron, con la punta afilada de un lápiz me hirió accidentalmente en un párpado y de allí en adelante todo fue fatal. Las familias se pelearon. Tu abuela quiso ponerles una demanda. La familia de Roxana tuvo que pagar mucho dinero para que todo se calmara. Fue muy triste dejar de vernos, pero terminé por acostumbrarme.

—¿Ya no la volviste a ver?

—En el tercer grado volvimos a encontrarnos, aunque ya no quería ser mi amiga. Su familia tiene que haberlo pasado mal para que ella me hiciera tanto desaire. Fingía no recordarme, incluso llegué a sentirme confundida, pensando que de verdad no se acordaba.

—¿Cómo descubriste que fingía?

—Con otro accidente –responde Danielle y su hijo hace un mohín–. Resulta que estábamos viendo una competencia deportiva durante el descanso y no escuchamos el timbre que anunciaba el regreso a clases. Cuando un adulto nos dio el aviso, todos emprendimos una carrera, ella iba por un camino y yo por otro. Cuando coincidimos en la entrada al pasillo de las aulas tropezamos y rodamos por el suelo. Me di tal golpe en la cabeza con el filo de un muro, que quedé mareada y viendo estrellitas. Creo que esa herida llevaba más puntos que la del párpado, aunque se sanó por si sola.

—¡Pero qué mala pata! –exclama el niño divertido–. ¿No podías ser más torpe? ¿Y que hizo ella?

—Milagrosamente recordó mi nombre –Danielle sonríe–. Se llevó un susto tan grande, pobrecita, iba a empezar a llorar y todo. Ella me ayudó a levantarme y fuimos juntas hasta el baño de las chicas.

—Ya sé, las familias volvieron a pelearse.

—Pues no, lo que pasó es que la mandé de regreso a clase y cuando se me pasaron los mareos, me presenté en el aula yo sola. Cuando la maestra preguntó por qué volvía con retraso, dije que me habían dolido las tripas. No me quiero acordar de la vergüenza que pasé. Todos se reían de mí, pero la cara de gratitud de Roxana compensaba el incidente. Volvimos a ser amigas en secreto, ni su familia, ni la mía, se enteraron de aquello.

—O sea que tu mejor amiga casi te mata dos veces –Andres ríe con ganas.

—No seas exagerado –replica Danielle– Fueron dos cortaditas de nada

—Me encantaría conocer a tu amiga, mamá.

—Hay tiempo, podemos buscarla después de comer.

Las siguientes horas las pasan de un sitio a otro, preguntando. No consiguen encontrar a nadie que recuerde a Roxana. Nadie reconoce siquiera a Danielle. Hay una parte de la historia que no ha contado, y es que esa nueva amistad duró apenas dos años, porque las familias se enteraron. Su padre entonces presionó para que se mudaran y ya nunca más volvió a saber de Roxana.

La historia ha cumplido su cometido, mantener la distancia con una explicación que Danielle se resiste a dar. Ella ha logrado que el sol se ponga antes de estar de regreso en el hogar. El pueblo se ha transformado en una horrible experiencia, que Danielle quiere evitarle a su hijo a toda costa. Han pasado un día feliz, fuera de Puente del Río, lejos de los comentarios acerca de un chico asesinado.

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