El taxi se detiene a varios metros de la verja metálica. Dani se baja y da la vuelta hasta la ventanilla del conductor. Extiende su mano con un billete en ella, quedándose junto a la puerta esperando. El conductor contrariado introduce una mano al bolsillo, le extiende el cambio. Ella repara en el rostro mortificado del conductor, por lo que se excusa

—Estoy de visita, no es que sea rica ni mucho menos –le dice

El conductor le da un repaso de pies a cabeza. Pone en marcha el taxi. Se aleja sin decirle ni media palabra. El incidente la hace sentirse incómoda, no tanto con el conductor, si no consigo misma.

Saca del bolsillo la llave magnética que le ha dado su madre al salir. La pasa por la cerradura. La verja comienza a rodar a un costado. La atraviesa. Ya dentro introduce un código en un tablero instalado en la pared de piedra. La puerta comienza a cerrarse. Dani espera a que se cierre por completo antes de volverse y al hacerlo se encuentra de frente a un desconocido.

Lo primero que llama su atención son los oscuros ojos almendrados. El rostro afable de pómulos marcados. El pelo castaño, húmedo y revuelto. Viste ropa de montar, húmeda también. Una barba incipiente cubre parte del rostro. Ni aun así, parece desaliñado. Su estatura y su porte denotan cierto refinamiento imposible de ocultar. Los segundos parecen prolongarse en el tiempo, mientras el desconocido la mantiene atrapada con una mirada.

El momento que comparten pasa. Dany se siente torpe cuando pregunta

—¿Y tú quién eres?

—Yo soy Gabriel. Tú eres Danielle seguramente –responde el desconocido

—¿Nos conocemos? –pregunta Dani con tono de confundida, aunque ya sabe perfectamente cuál va a ser la respuesta. Si conociera de antes a esta persona nunca se le habría olvidado.

—Noo, —dice sonriendo Gabriel mostrando la sonrisa más cautivante de la historia —pero acabo de pasar un día estupendo con tu hijo. Hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan bien en compañía de alguien. –continúa Gabriel, al escucharlo Danielle se desprende de cualquier vestigio de seducción.

—Mi hijo sabe que no puede hablar con desconocidos —censura Dani

—Pues edúcalo con el ejemplo, porque ahora estás haciendo exactamente lo mismo que él —Gabriel pasa por su lado dejándola boquiabierta, introduce el código en la puerta y antes de salir se vuelve para agregar —Los desconocidos son desconocidos hasta que se conocen —sin darle tiempo a responder se aleja dejando la verja abierta. Dani se acerca nuevamente y vuelve a introducir el código de cierre.

Camina por un costado del camino de grava, cabizbaja. Al llegar a la casa, empuja la puerta. Entra en silencio dejando la cartera sobre un sofá. Se saca los zapatos y con ellos en la mano avanza por la estancia hasta llegar a la biblioteca. Empuja suavemente la puerta. A un costado de la ventana su madre cuchichea con Alfonse. Están demasiado cerca. Se separan cómo chicos sorprendidos en una travesura. Dani no denota sorpresa, aunque eso es lo que siente.

—Buenas tardes —saluda con desgana. Se introduce en la habitación para recostarse en un sillón.

—¿Cómo ha estado el viaje? —pregunta Tina mientras se acomoda detrás del escritorio.

—Disculpen, yo ya me marcho —interviene Alfonse

—Alfonse, —le dice Dani en tono sobrio —No tienes que marcharte cada vez que aparezco. Si mi madre quiere pasar tiempo contigo, yo no estoy aquí para entrometerme. Siéntate un rato, relájate, no estoy interesada en juzgar nada. Tengo demasiadas cosas ya de las que ocuparme.

Se produce una pausa. Alfonse retrocede desde la puerta y va acomodarse en otro sillón

—No es lo que parece señorita… —empieza a decir

—Es exactamente lo que parece —le corta Tina —Mi hija es una mujer Alfonse, tú eres un hombre libre y yo llevo seis años siendo viuda. No es que nos vayamos a casar, Danielle. Soy consciente de la diferencia de edad.

—¿Y por qué no Tina? —Interrumpe Danielle. —¿Tienes algo que perder? ¿Alguien a quién tengas que rendir cuenta? ¿Alguien te pide permiso para hacer algo? Haz lo mismo. No pidas permiso. Haz lo que te apetezca.

—Yo tengo mi propia forma de ver las cosas —Tina se levanta de su asiento y se acerca a la ventana – Soy demasiado mayor para cambiar mi forma de pensar. Mis prejuicios están demasiado arraigados como para olvidarlos de un día a otro.

—Disculpen, definitivamente creo que voy a marcharme —dice Alfonse que se pone de pie. Para sorpresa de las dos se acerca a Tina y se despide con un beso en la mejilla. Tina le devuelve el beso, rígida. Alfonse sale de la habitación y cierra la puerta suavemente.

—Estás dejando pasar algo que podría darte felicidad, madre. –le dice Dani con afecto.

—Ya me da felicidad. No quiero complicarlo. Es veinte años más joven. —dice Tina de forma intolerante.

—¿Quién es Gabriel? —Dani cambia de tema para tomar desprevenida a su madre

—¿Qué tiene que ver Gabriel con esto? ¿De dónde conoces a Gabriel? —cuestiona su madre

—Acabo de cruzármelo en la verja. ¿Dónde está mi hijo?

—Espera un segundo —dice Tina y va hasta la puerta, asoma la cabeza al exterior y llama —¡Acacia!

Acacia aparece un instante después, con su uniforme y sus tacones inmaculados.

—¿Dónde está Mauricio? —le pregunta Tina a la chica que se introduce a la habitación con timidez

—El señorito Mauricio desayunó temprano, con mucho apetito, por cierto. Subió a su habitación a leer un poco y a media mañana salió con el señor Gabriel a cabalgar, creo que se dieron un chapuzón en el río, porque han regresado hace cosa de una hora empapados los dos.

—¿Dejas a mi hijo al cuidado de la sirvienta? —pregunta Danielle incrédula

—Puedes retirarte Acacia —dice Tina ignorando a Danielle, cuando Acacia se ha retirado, Tina se vuelve furiosa —Acacia no es una sirvienta, puede que lo fuera al principio. En estos últimos años, ha sido para mí  como una hija. Me ha cuidado y ha soportado mis achaques y mi carácter sin una sola queja

—Porque para eso le pagas —casi grita Danielle

—Pues que sepas que es muy posible que la deje como mi única heredera —dice Tina que está a punto de perder los nervios

—Pues quítale el puñetero uniforme de una vez —grita Danielle y se marcha dando un portazo.

Al salir tropieza de bruces con Mauricio que viene tan feliz, como cuando iba con Lucas al parque. Danielle lo aparta un poco para decirle

—¡Hola! Alguien parece muy contento –dice tratando de parecer juguetona, a pesar de que el enojo con su madre no se le ha pasado.

—Ahora regreso, estoy muerto de hambre. ¡Acacia! —dicho esto, corre en dirección a la cocina.

Danielle le sigue y al entrar a la cocina se encuentra con su hijo que espera ansioso por una cuantiosa merienda que Acacia le prepara. Dani toma un trozo de pan, va a sentarse junto a su hijo que ya está dando mordiscos a un suculento sándwich.

—¿Quiere que le prepare otro, señorita? —pregunta Acacia con amabilidad

—Deja de llamarme señorita —responde Dani —al parecer un día vas a ser la dueña.

—No haga caso a su madre, dice muchas tonterías —replica Acacia con una risita —sobre todo cuando está enojada. Usted no tiene ni idea de la cantidad de veces que me ha despedido.

—¿Y por qué no te has ido? —pregunta Danielle con genuina curiosidad

—Pues primero porque me hace falta el dinero. Segundo porque yo conozco a su madre. Digamos que es como una oveja con piel de lobo.

—Has dicho el refrán al revés —le aclara Dani

—He dicho exactamente lo que quería decir, señorita —dice Acacia poniendo frente a Dani un sándwich de las mismas proporciones que el de Mauricio —La cena está preparada, aunque dudo que nadie cene esta noche. Yo tengo la noche libre y voy al pueblo a visitar a mi abuela. ¿Se le ofrece algo antes de que me vaya?

—No, puedes irte cuando gustes. Muchas gracias Acacia

—Buenas noches, señorita, buenas noches señorito Mauricio —le revuelve el pelo mojado al chico dejándolos solos en la mesa de la cocina

—Mamá, tengo un montón de cosas emocionantes que contarte —le dice Mauricio a Dani

—Vamos arriba, que me quiero duchar —le dice Danielle —yo también tengo que contarte algo.

 

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