El inspector Durán detiene su coche frente a comisaría. Apaga la radio y se inclina sobre el salpicadero para recoger un sobre del tamaño de un folio. Se baja. Camina a grandes zancadas. Empuja la puerta batiente de la entrada. El oficial de guardia le hace una seña cuando pasa frente a los cristales de su cubículo. El inspector cambia de rumbo. Gira la manija de la puerta, metiendo medio cuerpo dónde se encuentra su subordinado.

—Dime —dice a secas sin saludar previamente

—Los padres del chico están aquí, los dejé pasar hasta la mesa de Castillo. – el oficial estudia el rostro del inspector, cree percibir un leve gesto de desaprobación, por lo que se apura a justificarse —Es que acá afuera ya sabe cómo es. El agente Castillo suele ser muy lacónico, por lo que no hay riesgo de que le puedan sacar nada.

—Eso espero por su bien. Ya bastante complejo está el caso, como para involucrar a civiles —le dice el inspector mientras se aleja dando un portazo.

El inspector atraviesa la puerta que da al interior de comisaría. Avanza distraído entre las mesas de los agentes. Al pasar junto a Castillo no se detiene. Con un toque de nudillos en la mesa le ordena.

—En dos minutos, acompáñalos a mi oficina. —sigue caminando tranquilamente. Desaparece por un pasillo, a la izquierda.

Se encuentra con una chica de unos veinte años, vestida de uniforme, la chica le sonríe al verlo. Al pasar por su lado, él le devuelve la sonrisa y le dice

—Buenos días Katia. En un par de minutos Castillo va a pasar con una pareja hasta mi oficina. ¿Puedes, por favor, evitar que me interrumpan?

—Por supuesto inspector —responde Katia con seriedad

—Y no me pases ninguna llamada. —dice Durán mientras se aleja.

Introduce la llave en la cerradura. Entra a la oficina. La decoración es austera. Una mesa y tres sillas, una a un lado, dos al otro. Durán rodea la mesa, se sienta en su silla y abre el archivador bajo su mesa. Deja caer dentro el sobre que trae en la mano. La mesa está desnuda, a excepción de un par de carpetas cerradas a la derecha de un portátil abierto. Se pone de pie, camina hasta una ventana a un costado, la abre. El ambiente cargado y caluroso se refresca un poco. Se queda allí, frente a la ventana que da a un espacio interior. Algunos compañeros transitan por los pasillos techados, evitando el sol que cae perpendicular sobre el suelo del patio central, que a estas horas del día está desierto por el mismo motivo. Un leve toque a la puerta lo trae de regreso a la mesa. Se sienta en su silla antes de responder

—Adelante.

Castillo empuja la puerta y se queda a un costado, cediendo el paso a la pareja que le acompaña. Se queda unos segundos a la espera de alguna orden. El inspector Duran le mira para decirle

—Es todo. Cierra la puerta al salir y que nadie me moleste. —Duran espera a que la puerta se cierre para dirigirse a los recién llegados —Tomen asiento. ¿En qué puedo ayudarlos?

—Verá, hemos venido porque nos dijo que los resultados de la científica estarían hoy —comienza la mujer en tono triste y suplicante —pensamos que tal vez habría algo nuevo que pudiera decirnos.

—Señora, de verdad lamento por lo que está pasando. No voy a decirle que lo entiendo porque no va a creerme igualmente. Ya le he explicado que el caso es complejo y que estamos haciendo todo lo que podemos por esclarecerlo. —contesta Durán tratando de sacar paciencia, a pesar de que suele ser brusco con casi todo el mundo.

—Pero los resultados entonces…—le interrumpe el hombre inquisitivo

—Los resultados confirman lo que ya sabíamos —dice Durán esta vez dirigiéndose al visitante masculino. —Que ella es la madre de la víctima, que usted no es su padre biológico. Que sus muestras no coinciden con las pocas que hemos hallado y hasta ahí. La causa de la muerte sigue siendo indeterminada. No hemos encontrado en la base de datos ningún perfil que coincida con nada. Del padre del chico sabemos exactamente lo mismo que ustedes. Es otro caso de desaparición sin resolver.

—¿Y el chico que era su amigo? ¿Ha descubierto de quién se trata? —insiste la mujer

—Señora, ya le expliqué que en los casos de menores no podemos hacer mucho sin la autorización de los padres, a menos que tengamos una orden judicial. Créame cuando le digo que si hubiera un indicio de que ese chico pudiera traer luz a la investigación, yo sería el primero en obtener esa orden. Por favor, ya sé que es difícil, pero tienen que dejarnos hacer nuestro trabajo.

—Si pudiéramos hablar con él, tal vez, no sé, convencer a sus padres —insiste la mujer en tono desesperado.

-—Yo no puedo revelar esa información. Ya le he explicado que es un asunto muy delicado. Lo mejor en estos momentos sería que se tomaran el tiempo para llorar a su hijo. El cuerpo será liberado de la morgue en un par de horas. Podrán darle cristiana sepultura y créame cuando le digo que eso es más de lo que muchos han podido hacer en casos así.

Por el rostro de la mujer se deslizan unas lágrimas que no puede evitar ante la rudeza con la que se ha expresado Durán. De su cartera saca un sobre de pañuelos, con mano temblorosa extrae uno y se seca los ojos. Se pone de pie y al rodear la silla su cuerpo cae de forma estrepitosa en el suelo. El inspector y el acompañante se ponen de pie rápidamente ante un suceso tan inesperado. El marido es el primero en llegar junto a su esposa y la llama por su nombre alarmado.

—¡Amelia! ¡Amelia… por favor…Dios! —las palabras salen titubeantes e incoherentes de su boca.

—Llamaré una ambulancia —dice el inspector.

—Por favor, mi esposa es diabética y lleva varios días comiendo muy mal. Si pudiera traernos un vaso de agua con azúcar, por favor de prisa….—dice el hombre mirando al inspector en tono de urgencia

—El inspector sale por la puerta y casi corre por el pasillo hasta el salón donde se encuentran las mesas de los demás agentes. Al llegar grita a nadie en particular

—Que alguien traiga un vaso de agua azucarada a mi oficina, de prisa…

Regresa a toda prisa junto a la pareja, que se encuentran en las mismas circunstancias en que los dejó. Se acerca a la pareja y apartando al esposo, recoge a la mujer del suelo para acomodarla en la incómoda silla donde se hallaba hasta hace un momento. Katia atraviesa la puerta con un vaso con agua azucarada en la mano, que se ha ido derramando por todo el camino, a causa de las prisas. Acerca el vaso a los labios de la mujer. El esposo le inclina la cabeza un poco hacia atrás. Parte del líquido entra en su boca y otra parte se derrama por la comisura de sus labios.

—Bebe, cariño, por favor —dice el marido

La mujer comienza a tragar después de unos segundos. Está recuperando el conocimiento. Aunque aún parece estar débil. De a poco se va incorporando en la silla.

—Katia, que alguien llame una ambulancia —ordena el inspector.

—No hace falta —balbucea la mujer que lentamente y con ayuda, termina de incorporarse  en la silla. Toma el vaso en su mano y apura el contenido restante. —Ha sido un desmayo sin importancia, no se preocupe. Nos vamos Augusto. Gracias inspector, lamento el desastre.

—No ha sido nada —replica el inspector un tanto avergonzado

El marido ayuda a ponerse en pie a la mujer y ambos salen de la oficina dejando a Katia con un vaso en la mano y a un inspector malhumorado. Ella va apoyada en el brazo de él, que además la sujeta abrazando su cintura. Camina lentamente hasta la salida de la comisaría. El abre la portezuela de un coche dejando a su mujer en el asiento del copiloto. Rodea el coche y se sienta al volante. Su esposa totalmente recuperada le mira

—¿Tienes un nombre? —pregunta a su marido que le devuelve una mirada cómplice

—Danielle Lizalde —responde el marido arrancando el coche

Dentro de la oficina el inspector Durán levanta el auricular del teléfono para preguntarle a Katia.

—Katia, ¿Los tienes?

—Si inspector, han picado. —responde Katia

—¿Se llevaron algo? —vuelve a preguntar Durán

—No, el marido abrió la carpeta y dio un vistazo apenas.

—Bien, comunícate con la oficina del forense y pregúntale si hay alguna forma de saber si el chico era diabético también.

—A la orden —contesta Katia y cuelga el auricular.

Durán se sienta nuevamente en su silla, se reclina un poco y murmura para sí —A ver dónde nos lleva esto.

 

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