—Anoche le eché una ojeada al portátil de papá –me grita Seb desde la habitación, yo estoy en el cuarto de baño terminando de vestirme, abro la puerta y le pregunto

—¿Quieres un micrófono? Creo que no te han escuchado bien en la calle.

—No te pongas en plan misterio, Soe. Mientras más natural actúes menos llamas la atención.

—¿Y que buscabas en el ordenador? –le susurro.

—Deja de susurrar. Estamos solos en casa. Buscaba el informe forense de Esteban.

—¿Y qué decía?

—Eran como ocho páginas.

—La versión corta, Seb.

—Eso nos dejaría con muchas páginas todavía –dice –lo raro es lo que estamos buscando, así que te diré la causa de la muerte. Paro cardiaco.  Los resultados de toxicología eran un listado de sustancias larguísimos.

—¿Drogas?

—Soe, si se hubiera metido drogas la causa de la muerte hubiera sido una sobredosis ¿no te parece?

—¿Entonces?

—Busque en internet los nombres de algunos compuestos después –me dice –varios eran proteínas, unas cosas que se llaman péptidos y otros eran neurotóxinas.

—En castellano, –le digo impaciente –deja de hacerte el chulito conmigo, los dos sabemos que te aprendiste todo eso para impresionarme, pero que tienes una versión más reducida.

—Veneno de serpiente.

—Eso tiene más sentido que morir desangrado por un vampiro.

—Porque un hombre—serpiente es de lo más normal –me dice irritado

—Nada en esta historia es normal –y es lo más cercano a la verdad de todo lo que he dicho últimamente

Me miro de reojo en el espejo comprobando que estoy lista, después me paro de frente a Sebatian para preguntarle

—¿Nos vamos?

Me da un “ajá” por respuesta y sale por la puerta, con Póker y yo siguiéndole de cerca, bajamos al piso inferior. Al llegar a la puerta principal me deja pasar primero pero le corta el impulso a Póker, que mueve la cola con entusiasmo, lo mira y con mucha seriedad le dice

—Lo siento mucho, pero tú te quedas –le cierra el paso a Póker, se escurre por el pequeño espacio que queda abierto de la puerta y la cierra en las narices del perro, que se queda gimiendo y resoplando por el filo de abajo

Bajamos por la pequeña rampa inclinada y cuando estamos a la altura de la calle me vuelvo y le pregunto

—¿Cuál es el plan?

—Improvisar sobre la marcha –dice y empieza a andar calle arriba, con rumbo a la ciudad. Yo le sigo y le comento

—Eso no es un plan

—Básicamente si, creo que debemos ir a dónde todo comenzó y dependiendo de lo que averigüemos, planeamos el siguiente paso.

—¿Y tú que crees que vamos a encontrar entre las cenizas de esas ruinas?

Frunce las cejas y me dice

—¿Tú de que vas? ¿Estás perdiendo facultades o qué? Vamos al instituto, a la oficina dónde todo comenzó.

Atravesamos la ciudad de un lado a otro, por las calles que Sebastian considera que son más discretas. Caminamos sin prisa, para no llamar la atención, como si estuviéramos dando un paseo. Vamos charlando mientras Seb me va dando detalles insustanciales acerca de la ciudad. Esperanza es una ciudad pequeña, de unos cinco mil habitantes más o menos. En realidad no es más que un pueblo grande, pero los alcaldes por aquí siempre han tenido delirio de grandeza. La verdad es que es un lugar próspero, mucha gente trabaja o tiene negocios fuera, en las verdaderas ciudades cercanas, pero aun así terminan gastando su plata en este lugar. Hemos vivido aquí toda la vida, nuestros padres compraron la casa hace tiempo. Pensaban que era el lugar ideal para fundar una familia. Por lo que me dice Seb este siempre ha sido un lugar tranquilo, lo más violento que se había visto en este sitio, son peleas de borrachos, hasta los acontecimientos recientes, claro. Por eso nuestro padre siempre está ausente y es que tiene viajar casi dos horas en coche para ir al trabajo diariamente. Hay un solo laboratorio criminal en la región. Los llaman para resolver casi todos los delitos.

El trayecto ha sido largo pero el tiempo se ha ido deprisa mientras escucho su perorata explicativa.

Estamos a medio kilómetro del instituto, en las afueras nuevamente, por el otro extremo de la ciudad. Las casas comienzan a estar cada vez más distantes una de otra, damos un rodeo y nos escondemos entre los matorrales laterales al otro lado de la valla del instituto. Sebastian se adentra más y más caminando por el borde de la valla metálica y llegados a un punto levanta un pedazo cortado de la cerca y nos colamos por debajo. Nos quedamos tumbados en el suelo, levantando lo justo la cabeza para lanzar un vistazo en los alrededores, todo está tranquilo y las ventanas y puertas están cerradas, me señala con un gesto la ventana y sin incorporarnos del todo hacemos una carrera hasta la pared lateral del instituto.

—Bien entro yo y tú vigilas –le susurro

Pone una expresión contrariada y yo le lanzo una mirada amenazante, al final asiente.

Pego el oído al cristal de la ventana, la gruesa cortina interior no me deja ver nada. Agudizo más el oído y no escucho ningún sonido proveniente de dentro. Forcejeo un poco con el cierre lateral, que termina cediendo y me cuelo.

Salgo de atrás de la cortina y la habitación está oscura y vacía, no tengo ni la más remota idea de por dónde empezar a buscar, ni de que busco, supongo que lo sabré cuando lo encuentre. La oficina es pequeña, con un escritorio pesado con una silla de madera de espaldas a la ventana y dos sillas de frente al otro lado, un sofá de dos plazas en la pared junto a la puerta y un archivador en una esquina.

Voy abriendo los cajones lo más sigilosamente que puedo. Registro sin revolverlos demasiado, para no formar un estropicio, no hay suerte con el escritorio y me voy al archivador. Empiezo por el cajón superior. Voy descendiendo por cada uno de ellos sin encontrar nada sospechoso, aquí no hay más que papeles y más papeles. Cuando llego al último está cerrado con una cerradura y forcejeo con ella sin éxito. Atravieso la habitación para buscar en el escritorio una llave o un clip con que abrirla. En ese momento escucho un sonido apagado y un gemido al otro lado de la ventana. Levanto la cortina y saco medio cuerpo por la ventana, justo a tiempo para ver la cabeza y los brazos de Sebastian arrastrados por el suelo desapareciendo por la esquina de la pared posterior del instituto.

Me olvido del cajón y la cerradura y salto a toda velocidad hacia afuera, corro por el rastro que ha ido dejando Sebastian en el suelo y al doblar la esquina me detengo de golpe. Sebastian esta inconsciente y un charco de sangre empieza a formarse en el sitio donde apoya su cabeza. Hay una cosa de apariencia humana, pero con rostro espeluznante a horcajadas sobre él. La criatura deja caer su cabeza hacia atrás y saca unos colmillos de casi cinco centímetros por fuera de su boca. No me lo pienso dos veces y arremeto contra él con todas mis fuerzas. Le derribo hacia atrás y lo cojo por el cuello apretando con furia. Un hormigueo me recorre el cuerpo y se concentra en mis manos que se están poniendo rojas, más bien incandescentes. La criatura se lleva las manos al cuello y cuando me toca me suelta inmediatamente, trata de empujarme sin conseguir zafarse, su rostro empieza a transformarse en humano nuevamente y reconozco los rasgos de Nicolás, pero no le suelto, y su cuello y su cabeza empiezan a arder, no con llamas, sino como si se estuviera carbonizando. Reacciono y le suelto pero el cuerpo se sigue consumiendo y en un segundo estalla en cenizas.

Me vuelvo hacia Sebastian y tengo miedo de tocarle y que le pase lo mismo. Pruebo a sujetar su camiseta y cuando no ocurre nada, de un movimiento rápido y fluido lo levanto y me lo tiro a un hombro. Corro con él a toda velocidad por el campo de béisbol y me deslizo debajo de las gradas. Con urgencia empiezo a revisarlo en busca de una mordida. No puedo quitarme de la cabeza el resumen del informe forense de Esteban, el que me hizo Sebastian. Le saco la camiseta sin mucho esfuerzo y le reviso el torso. Estoy empezando a quitarle los pantalones cuando se despierta y mi cuerpo se relaja. Me detengo y lo abrazo con todas mis fuerzas.

—Yo también te quiero, Soe, pero me estás sacando el aire.

Lo suelto y trato de calmarme, me tiembla todo el cuerpo, me dejo caer de espaldas a su lado y hago profundas inspiraciones buscando serenarme. Sebastian se da cuenta del estado en el que estoy y me sujeta una mano para infundirme confianza.

Ya ha pasado, lo que sea que pasó, ya ha pasado. Ahora dime que hacemos en territorio fumeta. Se me escapa una risa nerviosa y le miro.

—Me has dado un susto de muerte –le digo – Ese vampiro iba a matarte.

—Los vampiros no existen –me dice con sarcasmo —¿Por qué me estabas bajando los pantalones?

Lo pregunta con tanta inocencia que vuelvo a reírme de manera histérica.

—Vámonos de aquí primero –le digo, me incorporo y le ofrezco una mano para ayudarlo a levantarse —¿qué tal la cabeza? –se lleva una mano a la nuca y cuando la retira para mirarla la ve manchada de sangre. Se tambalea y le advierto –no vuelvas a desmayarte o te voy a dejar tirado – se limpia la mano en el pantalón y recoge la camiseta del suelo.

—Sí, como no –me lanza una sonrisa y nos vamos agachados, bordeando las gradas del campo de béisbol, sin volver a pasar por el edificio del instituto. Nos saltamos la valla por la parte de atrás.

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