Se han perdido un par de veces. No se le puede decir al navegador de un coche que te lleve a una casa azul y blanca. Es hora de pedir ayuda. Se detienen en una cafetería en la calle principal. Parece ser la única disponible, al menos es la mejor ubicada de San Bartolomé.  Danielle y Mauricio se sientan en la barra que tiene unas diez banquetas. Son los únicos asientos de la cafetería. Lo cual habla mucho de la cantidad de clientes que reciben. Una camarera le sirve un café a un señor mayor, sentado en el extremo de la barra. La camarera se acerca, Dani pide un café para ella, tarta de manzana y zumo para Mauricio.

El servicio es rápido. Desayunan en silencio. El madrugón no les ha sentado nada bien, porque a pesar de haberse ido temprano a la cama, tardaron un rato en dormirse. Ponerse al día de los acontecimientos les llevó una buena hora, sin contar la insistencia de Danielle por conocer los pormenores del paseo de Mauricio en compañía de Gabriel.

Antes de pagar Danielle hace una señal a la chica que les atiende, para indagar acerca de lo que les ocupa

—¿Vives aquí en San Bartolomé? —pregunta Dani a la camarera.

—Toda mi vida —responde la chica poniendo los ojos en blanco

—Nosotros estamos de visita, estamos buscando a una chica que es mi amiga de la infancia. Su nombre es Roxana Saldívar Falcón. ¿Será que puedes ayudarnos? ¿La conoces?

—Roxana… No me suena de nada —la chica se queda pensando. Dani la sigue mirando esperanzada

—No es de aquí —interviene Mauricio —debe haberse mudado hace algún tiempo. Nos han dicho que vive en una casa azul y blanca en las afueras. Nos hemos pasado horas buscando y nos hemos perdido dos veces.

—La mujer del guardabosque —interviene el viejo sin que nadie le haya preguntado

—Cierto  —afirma la camarera —creo que se llama Roxy. Es natural que se perdieran. Deben tomar la calle paralela a esta, rumbo al mar. Cuando salgan del pueblo a unos tres kilómetros de la última casa, hay una vía de tierra que lleva a su casa. Tendrán que estar atentos, es muy fácil seguir de largo sin notarlo. El camino hace muchos giros dentro del bosque, no os apartéis.

—Muchas gracias —dicen a coro Dani y Mauricio

Dani apura el café. Mauricio engulle el último pedazo de pastel. Pagan la cuenta. Cuando están abandonando el local, el viejo les dice

—No se bajen del coche hasta que ella amarre al perro.

El camino se les hace muy corto. Siguen el camino de tierra hasta llegar a un claro. En el centro hay una casita de madera azul y blanca. A ambos lados de la puerta hay rosales florecidos. Aquí o allá puede reconocerse algún que otro árbol de frutas. Un perrazo enorme les recibe, no mueve la cola, ni parece amistoso. Ladra una sola vez, después se mantiene expectante a cualquier movimiento. De atrás de la casa aparece una mujer, de la misma edad de Danielle. Pelo largo recogido en una trenza. Viste un chándal holgado y una camiseta. El vientre no es muy pronunciado, pero es evidente que está embarazada. Un niño pequeño de unos cinco años camina pegado a sus pasos. La mujer llama al perro, le coloca una correa al cuello. Con la correa de la mano se acerca un poco al coche. Dani baja la ventanilla

—¿Roxana? —es algo entre pregunta y afirmación.

Roxana la mira, gira sobre sus pasos para amarrar la correa del perro a un almendro. Dani baja del coche. Su amiga vuelve presurosa. Al llegar a su lado abre los brazos y se quedan abrazadas un buen rato. Mauricio baja del coche. Roxana pregunta sin soltar a Danielle

—¿Es tu hijo? —Dani afirma con la cabeza. Roxana la suelta y se acerca a Mauricio que tiene extendida la mano. Roxana le toma la mano y tira de él. Se inclina y le besa en la mejilla varias veces. Lo aleja aún con su mano en la suya y le da una vuelta, mirándolo con una sonrisa que ilumina su cara —Es igual a ti —dice mirando a Danielle.

—Este niño precioso —comenta Danielle tomando en brazos al crío que acompaña a su amiga —¿es tu hijo?

—Es de mi esposo, pero como si fuera mío. Lleva viviendo con nosotros varios meses. Pero que sorpresa —dice nerviosa —vengan a la casa. Vamos.

El interior de la casa es sencillo. Está decorada con cosas simples, aunque muy bonitas. Todo está limpio, muy ordenado. Todas las ventanas abiertas. El ambiente es luminoso y fresco. Dani y Mauricio se detienen junto a la puerta de entrada. Roxana avanza cruzando el salón. Desde la puerta de la cocina se vuelve y les dice sin dejar de sonreír.

—Pasen para acá atrás. ¿Cómo se llama tu hijo?

—Mauricio —le responde Danielle

—Mauricio, él es Rafa —dice, dándole un empujoncito al pequeño que no se despega de su lado —Rafa, enséñale a Mauricio los juguetes que tienes en el patio. Ve con él —dice mirando a Mauricio. Entretenlo un poco mientras yo preparo una limonada. Así converso un poco con tu mamá.

Mauricio obedece, sale al patio detrás del pequeño Rafa. El patio de atrás tiene muchas sorpresas. Hay una piscina inflable llena de agua. Un columpio, un balancín y un pequeño tobogán. Rafa se va corriendo a subirse al tobogán. Mauricio se sienta en el columpio. Se mece suavemente. Detrás del pequeño parque hay unas cuerdas para tender ropa. Las cuerdas están casi todas llenas de ropa húmeda. Un poco más atrás, la caseta del perro. Algo le llama la atención. Se levanta, camina entre los artefactos de juego de Rafa. Aparta la ropa con las manos. Sigue avanzando hasta la caseta. Recostada a un costado hay una bici pequeña. Una BMX medio oxidada. Decorando el cuadro, unas pegatinas de Quicksilver, el mejor X-Men que haya existido. Mauricio reconocería esa bici en cualquier sitio. Le empieza a faltar el aire.

Mauricio atraviesa el patio de regreso a la casa. Al llegar a la puerta de la cocina se detiene. Su madre está sentada a la mesa con Roxana. Conversan animadamente, como dos adolescentes. Su madre hojea un álbum de fotos.

—Me falta el aire —le dice Mauricio, su madre levanta la vista. Toma la cartera que cuelga del respaldo de su silla. Saca un inhalador.

—¿Cuándo te ha empezado? —pregunta a su hijo

—Hace un momento —Mauricio se acerca para tomar el inhalador. Separa una silla de la mesa para sentarse. Roxana los observa con preocupación. Mauricio toma dos inspiraciones del inhalador. Roxana le acerca un vaso con limonada.

—Descansa un poquito a ver si se te pasa —le dice su madre, le pasa el álbum de fotos a su hijo —mira que fotos tan bonitas.

Mauricio toma el álbum serio. Comienza a pasar las páginas lentamente, mientras intenta poner orden en sus pensamientos. Va mirando las fotos mientras pasa las páginas. Desde ellas Roxana y Rafa le sonríen en casi todas. Se detiene en una página dónde aparece el rostro de Roxana pegado al de un hombre que también sonríe

—¿Este hombre quién es? —pregunta Mauricio, mientras el aire se le vuelve inalcanzable

—Ese es mi esposo, Rafael  —responde Roxana.

—Mamá, me siento realmente mal. Vas a tener que llevarme al hospital —dice Mauricio con mucha dificultad

Su madre se levanta casi corriendo. Toma su cartera, carga a su hijo como puede sobre su cintura y casi corre hasta el coche. Le acomoda en el asiento del copiloto, mientras Roxana les sigue sin saber muy bien que hacer. Danielle se sube al coche, mientras pone el motor en marcha, abre las ventanillas. Abandonan el sitio de forma precipitada.

Danielle viaja a gran velocidad. Al llegar al hospital más cercano su hijo no ha empeorado. El viento que entra por la ventanilla ha sido su aliado. El inhalador también tiene que haber hecho lo suyo, aun así, pasan varias horas en urgencias, hasta superar la crisis.

Al salir del hospital su madre le pregunta a dónde quiere ir. Mauricio responde

—A la hacienda.

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