La Hacienda está solitaria cuando llegan. Dani llama a su madre desde la entrada de la casa, sin obtener respuesta. Suben a las habitaciones que Tina les ofreciera cuando llegaron hace dos días. Quedan en el pasillo para verse dentro de unos minutos en la cocina. De momento un baño caliente les dejará como nuevos.

Mauricio es el primero en bajar. La cocina no está vacía. Acacia está preparando una cena ligera. No está uniformada. Viste un pantalón holgado de tela suave que arrastra por el suelo. Una camiseta escotada. El pelo recogido de forma descuidada con una goma. El atuendo que alguien usaría para dormir si no usara pijamas.

—Buenas noches señorito. ¿Cómo han pasado el día? —le pregunta a Mauricio que se acomoda en una silla a un costado de la mesa.

—Bien —responde el chico —¿cómo estuvo la visita a tu abuela?

—La verdad es que no duró mucho. Estaban mis primos allí. Me han animado a salir, así que, nos fuimos a una discoteca a bailar. La pasé muy bien, me presentaron a muchos de sus amigos. No bailamos mucho. Conversamos bastante. De allí salimos como a las dos de la madrugada. Ellos siguieron de fiesta, pero yo regresé a la casa de la abuela. He pasado un día terrible. El sueño me ha estado torturando todo el día. Por fortuna, la señora ha salido a una fiesta social a eso de las nueve. Me he podido recostar un rato. Hasta he dormido un poquito —Acacia sonríe con picardía.

—No tenías que levantarte por nosotros —dice Dani que está recostada al arco de entrada de la cocina, envuelta en una bata y con el pelo mojado.

—Señorita, no la oímos llegar —dice Acacia que se sobresalta un poco al escucharla. —No se preocupe por mí. Siempre me levanto cuando la señora regresa para ver si me necesita. —agrega, haciendo un gesto como restando importancia. —He preparado algo ligero para ustedes. ¿No han cenado, verdad?

Dani mueve la cabeza, negando. Se acomoda a un lado de Mauricio.

—¿Te sientes mejor? —pregunta Dani a su hijo

—Estoy bien, mamá.

—No sabía que estuviera enfermo, señorito —dice Acacia mirando a Mauricio.

—No ha sido nada —responde el niño —me ha dado una crisis de asma. Unas horas en urgencias y asunto arreglado.

—¿El hospital? Pero la señora Tina pensaba que…

—Esa lengua Acacia. —Tina se acerca por el corredor. Vestida con un elegante vestido color salmón, entallado a su cuerpo. Los tacones en la mano. Le sigue Alfonse, vestido de etiqueta. Se ha quitado la americana, que ahora sostiene en una mano, como si fuera un estorbo. —Asisto a estas recepciones para controlar lo que pasa en sociedad. No para que la sociedad me cuestione acerca de mi vida —continúa Tina con su reprimenda —He pasado la noche dando explicaciones sobre la visita de mi hija y de mi nieto. No te pago para que andes soltando la lengua sobre lo que pasa en la hacienda.

—Señora, yo…—intenta responder la chica

—¿Has hablado o no has hablado de mi hija en la ciudad? —pregunta Tina tajante

—Si señora, lo dije en mi casa frente a mis primos, pero yo…

—No sabía que fuésemos un secreto, madre —interviene Dani

—Y no lo son, —le corta Tina —pero ella tiene que aprender a mantener la boca cerrada

—Lo siento mucho señora —agrega Acacia bajando la vista

—Mañana Alfonse preparará un documento que vas a firmar si quieres seguir trabajando para mí. Ese papel te impedirá abrir la boca cuando vayas por ahí de fiesta, incluso si dejaras de trabajar para mí, a menos, que quieras terminar en la cárcel. —la voz de Tina es firme cuando termina la frase —Si no has cenado puedes llevarte lo que quieras a tu habitación, pero quiero que desaparezcas de mi vista ya.

La chica se vuelve avergonzada. Comienza a llevar hasta la mesa lo que ha preparado de cenar para Mauricio y Dani. Deja delante de cada uno, un plato vacío y unos cubiertos a cada lado. Toma un sándwich de la encimera, lo coloca en un plato. Se marcha precipitadamente

—Me extraña que no la mandaras a la cama sin cenar —comenta Dani con cierta mordacidad

—El hambre no es mi forma de disciplinar. Tú deberías saberlo mejor que nadie —le responde Tina seria. —Siéntate Alfonse, come algo antes de irte. Alfonse y Tina se sientan también alrededor de la mesa. Mauricio se levanta y les acerca platos y cubiertos.   —Escuché algo acerca de un hospital. ¿Quién se ha puesto enfermo?

—Yo —responde Mauricio

—¿Y es mucho trabajo avisar?  —le pregunta Tina a Dani —pensaba que estaban visitando a Roxana.

—No ha sido nada —se excusa Mauricio —me ha dado una pequeña crisis de asma en el trayecto.

Tina levanta una ceja, mira a Dani inquisitiva.

—Lo que él ha dicho… No sabía que tenías una vida social tan activa —Dani cambia de tema

—No sabes nada de mí —dice Tina distante —Gastar dinero es fácil…incrementarlo requiere de una estrategia que incluye el inconveniente de alternar con buitres.

—¿No tienes suficiente dinero? —pregunta Dani

Tina deja de comer y se reclina un poco en la silla. Mira a Dani con una sonrisa amarga en el rostro.

—Tu padre, antes de morir, dividió la fortuna en tres partes. Como si yo fuera una desalmada, protegió dos partes de esa fortuna, de forma tal, que yo no pueda extraer ni un céntimo de ellas.

—Si quieres el dinero que me dejó papá, yo te lo devuelvo Tina —dice Danielle con rencor

—Señorita, no diga esas cosas —interviene Alfonse

—Déjala —dice Tina. Se incorpora de la mesa y se retira molesta de la cocina. Al cruzar el arco se vuelve para agregar—No va a dejar de odiarme nunca.

Todos se quedan callados por un rato, después del cual retornan a cenar. Alfonse carraspea antes de decir

—Usted va a tener que perdonarme, pero yo voy a explicarle unas cuantas cosas —Alfonse se expresa con una vehemencia que es nueva para Danielle que le mira a los ojos expectante —Su madre no puede retirarles la fortuna a usted o a su hermana, sin embargo, no hay nada que le impida acrecentarla. Eso es lo que ha hecho todo el tiempo desde que yo la conozco. Comparada con la de ustedes, la fortuna de Tina es insignificante. Emplea a personas que están pendientes de Monique allí dondequiera que su hermana esté destinada. Gente que la protege en los sitios peligrosos donde se aventura. De usted también se ocupa, no es casualidad que usted resuelva sus dificultades con relativa facilidad. Sabe que usted le miente y que el nombre de su hijo no es Mauricio, sabe el motivo de la mentira y que no es personal. Su madre ha mantenido a raya a cierto y determinado inspector para que respete su privacidad y no se salte la ley que protege a su hijo siendo un menor. Todas las cosas las hace moviendo los hilos que controla como una artista. Hilos que se ha forjado con influencias e intereses que ha creado.

—O sea que mi madre viene a ser como una especie de mafiosa —responde Danielle con sarcasmo.

El hombre se limpia las manos y la boca con una servilleta, la deja a un costado del plato y poniéndose de pie sentencia

—Su madre tiene razón. Hablar con usted es como hablarle a una piedra. Con permiso. —recoge la americana y se va.

Terminan de cenar en silencio. Mauricio se levanta en cuanto acaba. Comienza a retirar las cosas de la mesa. Su madre le ayuda. Al terminar Mauricio se despide de ella con un beso antes de irse a la cama. Dani se queda sola. Ordena la cocina como si estuviera en su casa. Pone en marcha el lavavajillas. Abre la puerta de la cocina que da al patio. Enciende un cigarrillo mientras medita en el día de pena que ha tenido. Tiene la sensación de que algo se le escapa. Con tantos acontecimientos no puede determinar qué es.

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