Cuando regreso, Seb está en la terraza jugando con el perro, me acerco a la puerta de cristal corredizo, doy unos golpecitos al cristal con los nudillos haciéndole señas para que entre. Desliza la puerta y yo le pregunto

—¿Tienes dinero? Yo tengo como ochenta y siete dólares ¿y tú?

—Poco más de trescientos.

—Con cien será suficiente. Creo que alcanza con lo que llevo pero cógelos por si acaso. Mientras subes iré sacando las bicis de la cochera. Date prisa que no tenemos mucho tiempo –tiene aspecto mosqueado por lo que agrego –te explico el plan por el camino –casi se ha perdido de mi vista cuando le grito –coge una mochila.

Aseguro la puerta corrediza y me voy a la cochera, Seb me alcanza en la calle. Nos montamos en las bicis, marco el rumbo hacia el centro mientras le comento los planes.

—He buscado en las páginas amarillas una pastelería cercana al instituto. Hay una a tres calles de distancia. Les he llamado por teléfono y he encargado una tarta de nata con arándanos. Estará lista para recogerla en una hora y media –Seb me mira extrañado pero yo ni me inmuto y continúo –Inmediatamente hice una llamada de conferencia para hablar con Karina y Pilar. Les he dicho que necesitaba un transporte para traer la tarta desde la pastelería sin que se estropee. Que estamos muy atareados y que mamá nos pidió comprar esa tarta para celebrar un ascenso que le han hecho a nuestro padre. Que tenemos muchos recados que hacer. Se han mostrado muy dispuestas, por lo que tenemos el regreso asegurado por si hubiera que moverse con prisa ¿entiendes? Así que hemos quedado en que Pilar pase con el coche a recoger a Karina y se encuentre con nosotros en la pastelería. Primero debemos pasar por el centro a comprar otras cosas

—¿Vamos a hacer otro allanamiento en el instituto? –pregunta alarmado

—No exactamente. Voy a allanar el instituto yo sola

—Ni de broma te voy a dejar entrar ahí a ti sola –protesta

—Tranquilízate Seb, está todo bajo control. Deja que termine. Ahora compraremos dos sudaderas con capucha, dos pasamontañas, algo que nos sirva para defendernos, unos prismáticos y un par de linternas. Escondemos las bicis en los matorrales. Vamos furtivamente hasta el punto de la valla por dónde entramos ayer. Desde allí podemos dar un vistazo con los prismáticos. Si vemos que hay peligro te prometo que regreso contigo. Si todo está tranquilo yo entro y tú vuelves a esperar a las chicas, por si llegan antes de tiempo que les des una excusa y para recoger la tarta. Todo va a salir bien. Es un buen plan.

—No me gusta

—Seb, necesitamos acercarnos a Karina y a Pilar. Nos hacen falta aliados. He pensado que cuando regresemos a la casa podríamos ir tanteándolas para saber si podemos confiar en ellas.

—En Karina seguro –le miro frunciendo el ceño –Soe, tú no te acordarás pero Karina siempre ha sido más hermana tuya que yo. Siempre has confiado más en ella –Noto cierto aire de reproche en el último argumento y protesto.

—Pues ahora mismo no confío en más nadie que en ti.

Lo deja correr porque ya estamos en el centro y toca hacer las compras Entramos a una ferretería. Damos algunas vueltas por las estanterías. No hemos visto nada apropiado para defendernos, por lo que terminamos comprando metro y medio de tubería metálica de fontanería, le pedimos al dependiente que nos la corte a la mitad y pone cara de suspicacia. Le doy el pretexto de que estamos instalando un sistema de riego en el jardín nosotros mismos y que hemos calculado mal las distancias. Se relaja y como buen vendedor empieza a proponernos los mejores aspersores que tiene. Le dejo con Seb y cruzo la calle. En una tienda de ropas compro dos sudaderas iguales, de color gris oscuro, sin adornos, las más corrientes, delgadas y baratas que hay. Antes de marcharme veo que tienen en una fuente sobre el mostrador unos llaveros con unas linternitas colgando y compro dos. No tienen pasamontañas, por lo que decido ir a una mercería, escojo dos metros de tela negra y paso por una juguetería, los prismáticos de juguete tendrán que servir.

Me reúno con Seb junto a las bicis y me enseña una navaja multiusos que ha comprado, le doy un beso en la mejilla y le digo

—Eres un genio. Ya me estaba rompiendo la cabeza pensando en cómo cortar unos pañuelos de esta tela porque no he encontrado pasamontañas y además no he tenido en cuenta que había que forzar la cerradura.

Sonríe satisfecho y yo miro la hora en el móvil. Nos quedan cuarenta y cinco minutos para recoger la tarta. Nos vamos en las bicis.

Veinte minutos después estamos entre la maleza, agazapados, con las sudaderas puestas y los pañuelos listos. Hacemos un reconocimiento del terreno y todo parece tranquilo. Le digo a Seb.

—Ya puedes irte que voy a entrar

Me acomodo los pañuelos y me subo la capucha, paso por debajo de la valla y voy corriendo hasta el costado del instituto, no me preocupo por agacharme, me parece más importante la rapidez.

Acerco el oído a la ventana que está abierta. Me pasa por la cabeza la idea de que sea una trampa, pero es tarde para dar marcha atrás. Después recuerdo que ayer la dejamos abierta y recupero algo de tranquilidad, sobre todo porque adentro todo está silencioso. No pierdo más el tiempo y me introduzco despacio. Levanto la cortina de golpe y veo que la oficina sigue oscura y vacía. Voy directo al archivador con la navaja abierta en la mano.

En las películas parece muy fácil forzar una cerradura, la realidad es que llevo cinco minutos intentándolo y no hay modo. A medida que pasa el tiempo me voy poniendo más impaciente. Las manos me tiemblan del esfuerzo y el nerviosismo. La imaginación me hace escuchar ruidos sospechosos cada pocos segundos. Estoy bañada en sudor y el corazón me late desbocado. Siento la sangre martillarme en los oídos. Tengo la parte posterior de la linterna entre los dientes, con el halo de luz apuntando a lo que hago y la saliva se me escurre entre los labios, se desliza por el tubito y gotea en el suelo. En un impulso de ira cierro la mano y le doy un puñetazo a la cerradura que salta en pedazos ante mi incredulidad. Eso tiene que haberse escuchado fuera. Me doy más prisa y abro el cajón sin preocuparme ya por no hacer ruido. Escucho el sonido de un llavero, como si alguien lo sacara de un bolsillo. Agarro todo lo que hay en el cajón y lo abrazo a mi pecho, mientras la llave entra en la cerradura. Atravieso la habitación a toda marcha y ya me estoy en la ventana cuando la puerta empieza a abrirse. Por un segundo creo que voy a conseguirlo. Saco un pie por la ventana y cuando voy a sacar el otro alguien me lo sujeta por detrás. Forcejeo tratando de soltarme. Siento un dolor indescriptible en el tobillo e inmediatamente alguien chilla a mis espaldas, me sobresalto y vuelvo la cara para encontrarme con un rostro de pesadilla que se retuerce de dolor. La criatura ha caído de rodillas. Tiene la boca cubierta de mi sangre, lo que hace que la piel de la boca se le ampolle, su boca parece la superficie de un volcán con lava en estado de ebullición. Le falta un colmillo. Aprovecho la distracción para terminar de salir.

Soy consciente de que me ha mordido. Me quedan pocos segundos antes de paralizarme y caer al suelo agonizante. Tengo que llegar a la valla al menos. Corro cojeando por el dolor que tengo en el tobillo que va ascendiendo por la pierna. Avanzo a trompicones, tambaleándome, la vista se me nubla. Aprieto lo que he robado contra mi pecho, un libro grande encuadernado en cuero y un tubo de guardar pergaminos. Ojala que el robo haya valido la pena. Veo a Seb deslizarse con fluidez y gracia por debajo de la valla, viene corriendo hacia mí con el rostro contorsionado por la desesperación y me sostiene antes que me envuelva por completo la oscuridad.

Volver