Dani se ha tomado con calma la labor de búsqueda. Aunque sabe que puede reconocer el rostro que busca rápidamente, no se toma a la ligera la faena. Cada rostro queda registrado en su retina. Puede que no sea buena recordando nombres, lo cual resulta irónico en alguien que tiene un hijo que se lo cambia con frecuencia. Con las imágenes es diferente, puede reconocer un rostro en una multitud. Es algo inútil, tiene casi la certeza de que nunca va a tropezarse con ninguno de estos rostros de forma accidental. Aun así se esfuerza porque cada imagen se adentre profundo en su mente.

La décimo sexta foto la deja perpleja. El rostro de Rafa la observa desde la pantalla. Es una foto de estudio, el niño se ve pulcro y feliz. Nadie creería que es el hijo de una mala persona, como dijo Roxana. Una imagen puede ser engañosa, pero esta no lo es. Quién estuviera a cargo de esta criatura le amaba, es evidente. La felicidad fue captada por el fotógrafo a la perfección. Es otra versión de Rafa, travieso y alegre, nada que ver con el niño asustadizo y tímido que conoció hace unos días. Quizás ni siquiera ese sea su nombre. Desliza la página, buscando una descripción. Lee el breve resumen escrito a pie de página.

El inspector ha regresado con dos tazas de café. Le ha colocado una taza junto al portátil. Ella ni siquiera ha notado su presencia. Él la observa desde la silla en que se sientan las visitas. Observa cada gesto y reconoce el instante en que ha encontrado lo que estaba buscando. Espera que detenga la búsqueda, que le diga lo que prometió que contaría. En cambio ella sigue mirando las fotografías restantes, se toma el mismo tiempo en mirarlas todas.

—¿Y bien? —demanda el inspector

—Lo siento mucho, no he encontrado nada. No he reconocido a ninguno de esos chicos —La voz de Dani expresa frialdad, trata de despistar a Durán. Se pone de pie—. Tengo que marcharme.

—Está usted colmando mi paciencia —dice Durán conteniéndose—. No juegue conmigo, podría llevarse una sorpresa.

—No me amenace —Dani levanta el mentón, tratando de aparentar coraje— No puede retenerme sin motivos.

—Poder, sí que puedo. No voy a hacerlo en este instante, porque su madre se ha encargado de hacer las llamadas correctas, sin embargo, le voy a dejar clara una cosa, si se vuelve a acercar a mí o a este asunto y no es para decir lo que sabe, voy a detenerla por obstrucción a la justicia. Como descubra que está implicada, no tengo que decir que iré a por su cabeza. Puede irse.

Dani abandona el despacho y Durán da un portazo en su espalda. Dani se marcha atravesando el paseo de la vergüenza en sentido contrario. Durán en su despacho da la vuelta al portátil, regresa dos fotografías. Frente a él el rostro ingenuo y simpático de Rafa le sonríe. Baja a la descripción y lee su nombre en voz alta. Sean Guzmán. Ella piensa que no le ha dado nada. Durán tiene en las manos la identidad de otro niño desaparecido. Una guía detallada de todos los sitios a los que Dani ha ido desde que abandonó la ciudad con su hijo. Es cuestión de seguir pistas y atar cabos. En algún momento habrá resultados, de eso está totalmente seguro.

******

El coche de Dani devora los kilómetros que le separan de la hacienda familiar. No baja la velocidad al dejar la autopista y sigue conduciendo de manera temeraria el trayecto restante. Su cabeza es un hervidero de emociones indefinidas. Por su mente se cruzan las palabras de Camelia “deja atrás el pasado porque es territorio muerto y solo muerte puede traer”. Maldita bruja. ¿Dónde estará en estos momentos Rafa, o Sean, o comoquiera que se llame el pobre chico? ¿Qué demonios está haciendo Roxana teniendo un hijo con un hombre así? ¿Cómo diablos vuelvo el tiempo atrás para no involucrarnos en este desastre? Son algunas de las preguntas que le atormentan.

—Maldición —golpea el volante con rabia. Pisa a fondo el acelerador, para frenar bruscamente frente a la verja de la hacienda.

Se ha pasado un poco, por lo que coloca la marcha atrás para quedar a la altura de la verja. La puerta se está abriendo sin que ella pulse el mando a distancia. Las luces de su auto iluminan el camino de entrada. Al otro lado del portón aparece la persona que menos espera ver a esas horas. Gabriel está saliendo de la propiedad, por un instante Dani se olvida de sus preocupaciones, intrigada por la presencia del hombre.

Apaga las luces exteriores y enciende las de dentro del coche. Apaga el motor. Gabriel se acerca a su ventanilla, ella baja el vidrio.

—Buenas noches —saluda él.

—Que sorpresa verlo tan tarde por aquí. ¿Ha pasado algo? —pregunta mientras el nerviosismo empieza a apoderarse de su ánimo de nuevo.

—No es nada, a Anubis le ha picado un insecto y se le ha emponzoñado la picadura. He venido a darle una vuelta antes de irme a la cama.

—¿Es grave? —Dani agradece poder ocupar su mente con la preocupación de otro—. Suba, lo acerco a su casa.

—Con una condición —sugiere Gabriel sonriendo— Si dejas de tratarme de usted.

Dani le devuelve la sonrisa sacudiendo la cabeza. Gabriel se acomoda en el asiento del copiloto. Le da algunas indicaciones de cómo llegar. Dani se pone en marcha, para detenerse un par de minutos después frente a la puerta de Gabriel.

—¿Por qué no pasas? Hago unas limonadas espectaculares —Gabriel le muestra toda una hilera de dientes perfectos, Dani le devuelve la sonrisa y baja del coche.

Gabriel llega a la puerta y la abre. Enciende la luz del porche y la luz interior del salón. Dani se queda fuera recostada a una baranda. Gabriel se introduce en la vivienda para salir al rato con unos vasos altos con una bebida que no parece limonada. Dani observa los vasos con recelo por lo Gabriel se apura a liberarla de su reticencia

—Me has pillado sin limones, espero que la sandía lo compense.

—¿A qué te dedicas, Gabriel? —pregunta Dani, Gabriel casi se atraganta con la bebida, es una pregunta personal y aunque hace unos días ella estuvo menos hostil en el patio, su conversación giró exclusivamente en torno a sus caballos.

—Pues, en estos momentos, más que nada a holgazanear —responde evasivo.

—Gabriel, acompañé demasiadas veces a mi padre cuando atendía la finca. ¿Crees que no conozco la hacienda? Sé que tu casa forma o formó parte de la propiedad. Puedes contarme, no voy a irme de lengua con Tina.

Gabriel baja la vista, se mira la punta de las sandalias que calza. Lo piensa unos instantes, fingiendo que emplea ese tiempo en saborear la bebida.

—Soy abogado de profesión, porque eso es lo que estudié. Trabajé unos años en un bufete en la ciudad. Hice bastante dinero en poco tiempo. Estaba cansado de esa vida cuando tu madre se presentó un día. Quería un favor y yo puse mi precio. Este pedazo de tierra es mío.

—Tiene que haber sido un gran favor —agrega Dani

—No te apures en sacar conclusiones. Mi precio fue que me vendiera un pedazo de tierra. Yo pagué por esto. De todas formas agradezco que accediera. De vez en cuando me consulta algunas cosas, a cambio mis caballos se hospedan en la hacienda hasta que yo concluya mis establos. Con el tiempo se ha vuelto una amistad. Ya no nos detenemos a pensar en dinero.

—¿Y harías extensiva esa concesión conmigo? —Se atreve Dani— ¿Crees que podrías ayudarme con tus conocimientos?

—Siempre que no sea para ir contra tu madre, puedes contar conmigo —aclara él

—Lo que voy a contarte no tiene nada que ver con mi madre.

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