Se despierta sobresaltada, escuchando voces y risas. Por un momento no sabe si lo que ha escuchado proviene del sueño o es realidad. Se queda quieta bajo las sábanas, atenta a cualquier sonido. Casi cree que ha sido un sueño. Cierra los ojos para dormir nuevamente. Vuelve a escucharlo. Se incorpora. Envuelve su cuerpo en una bata. Sale de puntillas y descalza. Se mueve lentamente por el pasillo hasta la habitación de su hijo, que está sentado en la cama con los ojos abiertos, conversando con alguien que no está ahí.

Ya no le asusta verlo así. El doctor le ha dicho que aunque sus ojos están abiertos, él está dormido. Es simplemente otro episodio de sonambulismo. Le ha dicho que pasará, no hay razón para preocuparse.

Se acerca a la cama. Con gesto suave le recuesta. El chico se resiste por un momento, pero termina rindiéndose. Le cubre con la sábana y se queda un rato junto a él mirándole. El niño se voltea en la cama, se vuelve a dormir tranquilamente.

Danielle se queda sentada durante unos minutos, mirándole en silencio con expresión de tristeza. Una lágrima lucha por brotar de sus ojos. Danielle se resiste, se incorpora, va directo a la cocina. Se prepara un café, abre una ventana, se sienta sobre el marco. La brisa nocturna la despeja. Mete la mano en el bolsillo de su bata, saca un cigarrillo. Fuma despacio lanzando el humo a la oscura noche.

Tiene ganas de llorar, sin embargo, no lo hace. Su madre le enseñó que si lloraba por algo que perdía, la vida podía encontrar la forma de quitarle aún más. Aunque le quedan pocas cosas, éstas tienen demasiado valor como para arriesgarse a perderlas. Así que como siempre, reprime las lágrimas con humo.

Las ideas se amontonan en su cerebro. Las opciones son consideradas y rechazadas una y otra vez. Piensa en el viaje, el que hicieron a su pueblo natal hace casi dos semanas. Ha sido algo bueno, lo sabe porque el niño ha conservado el nombre. Una historia triste adornada de nostalgia puede resultar hermosa.

Los minutos se convierten en horas. El amanecer la sorprende sentada en la ventana.

—Mamá –La voz de su hijo la trae de vuelta a su cocina–. ¿Te has pasado la noche ahí?

—Nooo –Se desliza desde el marco de la ventana, se sienta a la mesa–. Te has despertado temprano. ¿Quieres desayunar algo?

Mientras Danielle prepara el desayuno, sigue dándole vueltas a la idea. Mientras más lo piensa, más le apetece.

—Andrés, ¿qué te parece si nos tomamos unos días y nos vamos juntos de vacaciones a algún sitio? Podríamos ir por carretera en el coche, o en tren como la última vez.

El silencio que sigue se torna tan incómodo que Danielle se vuelve y mira a los ojos a su hijo.

—¿Me preguntas a mí? –dice el pequeño.

—¿A quién si no?

—Yo ya no soy mas Andrés.

—¿Ahora cómo vas a llamarte? –pregunta Danielle con impaciencia.

Vuelve a reinar el silencio que dura apenas unos segundos; pero tan largos segundos que parecieran eternos.

—¿Puedo llamarme Lucas? –pregunta el niño con timidez.

—No! –la respuesta sale brusca de su boca, pero se sobrepone rápidamente suavizando el tono, toma un paño y se desliza en una silla frente a su hijo–. Ese no, escoge otro, ¿vale? Carlos estaría bien.

—Seré Alex entonces.

—Bien Alex –Danielle suspira resignada–, ¿Nos vamos de vacaciones?

—¿Cuándo?

—Hoy si te parece bien.

—Iré a preparar mi mochila

La casa se va volviendo un hervidero a medida que avanzan las horas. Alex entra repetidas veces a la habitación de Danielle. Se cambia de ropas muchas veces y Danielle termina riendo a carcajadas de sus ocurrencias. Cada vez que se cambia pregunta:

—¿Esto si?

—Alex, nos vamos de vacaciones, no es un baile de disfraces –Termina por decirle Danielle entre risas.

Cerca de las diez ya están casi listos para partir. Alex se revuelve sentado sobre una maleta, esperando que Danielle de un último vistazo a todas las ventanas, revisando que nada se quede abierto. Ella se acerca por el pasillo rumbo a su hijo muy animada, cuando llaman a la puerta. Danielle se desvía de su rumbo, abre la puerta. En el umbral hay un señor de unos treinta y tantos años, de mediana estatura, peso medio. Le dedica a Danielle una sonrisa forzada antes de decirle

—Buenos días. ¿La señora Lizalde?

—Soy yo –responde Danielle–, ¿qué se le ofrece?

—Soy el inspector Durán, de homicidios –dice mientras saca una identificación del bolsillo y se la muestra.

—Mi hijo está en el salón. Espere un momento –Se vuelve y se asoma desde el recibidor al salón–, ¿Alex, puedes ir unos minutos a tu habitación? –pide a su hijo

—Pero mamá –protesta.

—Sólo serán unos minutos, cariño, por favor.

Alex sube las escaleras y Danielle no regresa a la puerta hasta que lo ve desaparecer en el piso superior.

—Perdone, pero… ¿su hijo no se llama…? –Empieza a preguntar el inspector.

—Eso no es asunto suyo –Le corta Danielle sin reparos.

—¿Puedo pasar? –pregunta nuevamente el inspector Durán.

—Lo siento, pero nos ha pillado de salida.

—¿Se van de viaje? –Otra pregunta que hace impacientar a Danielle

—¿Ha venido a interrogarme o se le ofrece alguna cosa realmente? –replica Danielle cortante.

—Lo siento, es la costumbre. He venido porque hemos encontrado a los padres de Lucas. Desean hablar con su hijo, si usted lo permite –dice Durán de forma solemne.

—No lo permito, vuelva a visitarme cuando encuentren al criminal responsable de todo lo ocurrido. Seis meses para encontrar a los padres del chico. Calculo que si hace lo que le pido, volveré a verle en unos seis años.

—No han sido seis meses y no lo pinte así, ese chico llevaba años desaparecido, ¿sabe?, ni siquiera se llamaba Lucas.

—Lo que usted diga –replica Danielle–, ahora si me disculpa tengo un viaje que hacer.

—Muy bien. Ustedes pueden ir a dónde quieran, pero no se separe de su móvil, podríamos llegar a necesitarles –Se despide con un leve gesto de cabeza.

Recostada a un pilar de la entrada y con los brazos cruzados ella lo observa, mientras se aleja por el sendero hasta la calle, donde él se vuelve para darle una última ojeada, antes de subirse a un coche. Ella exhala aliviada. Se mete a la casa y toma una maleta en cada mano mientras le grita a su hijo.

—Alex, baja, nos vamos –Toma las maletas y sale por la puerta de la cocina que comunica al garaje. Mientras, Alex corre escaleras abajo.

Sentados en el coche, la puerta del garaje subiendo y Danielle se vuelve a preguntarle al chico.

—¿Playa o montaña?

—Playa –responde Alex sin dudar.

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