Dani despierta en la cama de Tina. Su madre no está a su lado, ni en toda la habitación. Lleva puesta la ropa de ayer, huele a polvo mojado. Siente la piel pegajosa y sudada, no ha dormido bien por ello. Se incorpora de la cama con pereza. Recoge los zapatos, mira alrededor antes de abandonar el dormitorio de su madre.

Se toma mucho tiempo para asearse. Recoge al salir la ropa sucia para llevarla a la cocina. Pretende averiguar con Acacia dónde puede mandar a lavarlo todo. En su casa se encargaba ella misma, pero no tiene ánimos de ocuparse de esas pequeñas cosas cotidianas.

Pellizca un trozo de empanada que hay sobre la encimera, al parecer del día anterior. De la nevera se sirve un vaso de leche fría sin agregarle nada. Termina de desayunar sin que Acacia haga acto de presencia, por lo que coloca la bolsa con su ropa en una silla para volver después por las indicaciones.

Cuando entra a la biblioteca su pelo está mojado todavía de la prolongada ducha que ha tomado. Tina está sentada en el escritorio, tan abstraída en sus cuentas que no levanta la vista de sus papeles. Va a retirarse nuevamente, su madre la detiene

—Si me esperas unos minutos, ya casi termino –propone Tina.

Dani regresa con intención de sentarse a esperarla. Tina pasa un par de páginas, teclea en la calculadora haciendo a la vez algunas anotaciones en los documentos.

—La maleta que está sobre ese sillón contiene algunas cosas de tu padre –dice Tina señalándola con una mano sin levantar la vista–. La he bajado para ti, yo no la quiero conservar.

—La llevaré a mi habitación en lo que terminas. Sube a buscarme cuando acabes –pide Dani, su madre asiente como respuesta.

Se retira con la maleta en las manos, sube nuevamente. Encuentra a Acacia en las escaleras que viene bajando. Le comenta sobre su ropa, Acacia le asegura que no tiene que preocuparse, que ella se hace cargo. Agradece con una sonrisa a la chica y continúa su camino con cierto entusiasmo.

Apoya la maleta sobre su cama, la abre, observa el contenido sin revolver. La chaqueta de invierno de su padre cubre todo el contenido. Dani la toma en las manos, la huele, apoya una mejilla sobre ella acariciándose el rostro. Se quita los zapatos, se sube a la cama, se acomoda frente a las posesiones de su padre con las piernas cruzadas.

Un viejo álbum de fotos la hace sonreír con tristeza, mientras va pasando sus páginas y descubre los rostros de sus abuelos paternos, con su padre siendo un niño, luego un joven. Casi al final descubre algunas fotografías de la boda de sus padres. Lo aparta a un lado cerrado.

Una caja de madera antigua llama su atención, la toma en sus manos, la abre. Dentro el viejo revólver de cañón corto de su padre, desliza el tambor a un lado. El arma está totalmente cargada, por lo que Dani procede a inclinarla para retirar la munición. Una bala se le escapa entre los dedos y cae dentro de la caja. Contrariada trata de agarrarla y la bala se hunde un poco en el relieve del fondo, por un costado interior. Dani voltea la caja y la sacude. La bala cae sobre sus muslos, también cae todo el relieve interior dónde se acomoda el arma y un sobre que debe haber estado oculto debajo.

Toma el sobre y lo abre, en su interior unas fotografías hechas con teleobjetivo. Su pulso se acelera cuando reconoce el rostro protagonista de todas. Su profesor de instituto aparece en ellas, acompañado de una chica, que bien podría ser su hija por la edad. Las imágenes se van volviendo más comprometedoras una a una. La persona que tomó las fotos tiene que haber sido un profesional. En algunas pueden apreciarse posturas insinuantes. Otras son de besos entre amantes. La última está hecha a través de una ventana. En ella el hombre está desnudo, sentado sobre la cama y la chica a horcajadas sobre él con el torso descubierto y la cabeza inclinada hacia atrás.

Lágrimas de rabia escuecen sus párpados cuando tira las fotografías sobre el escritorio dónde su madre trabaja. Tina se sobresalta, levanta la vista, al ver el rosto de Dani vuelve su atención a las fotos. Las va pasando, ocasionalmente observa a su hija entre una foto y otra.

—De lo que sea que vayas a acusarme, ya te digo que soy inocente –apunta Tina con amargura–. Es la primera vez que las veo.

—¿Me vas a decir que esto es obra de mi padre? Estos son tus métodos Tina, no los de él –grita Dani ofuscada.

Su madre se incorpora, rodea el escritorio hasta quedar frente a su hija. Con cierto titubeo levanta una mano para apoyarla sobre el rostro dolido de Dani, que la rehúye. Tina deja caer su mano a un costado, con decepción.

—¿Crees que nací siendo como soy? –murmura Tina–. Mis padres eran unos humildes tenderos. Tu padre me enseñó a moverme en este mundo de poder. Él fue quien nació en cuna de oro, no yo. Lo que sucede es que él llevaba este traje con perfección. Nació con él, lo lucía con una elegancia que yo jamás tendré.

Dani se deja caer en un sillón, el mismo que ocupaba la maleta hasta hace un momento. En su rostro puede apreciarse la tormenta que agita su interior. Redescubrir a su padre no le está causando más que pesar. Registra en sus recuerdos buscando alguna señal, un gesto, que corrobore la historia de su madre. Tina le da la espalda desde la ventana, ha retirado un poco las cortinas, para mirar al exterior.

—No quiero que pienses mal de tu padre. Hacía lo que era necesario –Tina enfatiza cada frase, haciendo pausas como si reflexionara–. Asumo por tu reacción que es la misma persona con la que tuviste una relación No tengo conocimiento de lo que pensaba hacer con esas fotos. Si yo hubiera sabido quién era, no te habría insistido en que me contaras. Si él me hubiera dicho lo que pretendía hacer con ellas, no dudes ni por un segundo que lo habría hecho. Pienso que no debería quedar impune, pero las fotografías ahora te pertenecen porque al parecer te las di sin querer.

Tina se vuelve para encontrarse con el rostro de Dani, que refleja una expresión vacía. Su mirada está extraviada en algún sitio lejano. No está llorando, tal vez, un poco conmocionada. Su serenidad asusta un poco a Tina porque reconoce en esa expresión la oscuridad que atormentaba en ocasiones a su marido.

—Saca copias de todas. Repártelas en dos sobres, madre. –ordena Dani sin emoción– Envíale uno a su esposa y otro al rectorado de la Universidad regional dónde trabaja desde hace un año. Manda un recado a Saúl diciendo que puede empezar a visitar a su hijo cuando guste.

—¿Estás segura, hija?

—Estoy segura, madre. Gabriel vendrá en un rato, hay otro asunto que tiene que ser zanjado, cuánto antes mejor.

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