El primero en saber que Rafael se acerca, es su perro, le huele cuando le queda un buen trecho por andar, así que lo va a recibir. El hombre no viene por el camino que comunica con la autopista, dejó su camioneta en una cabaña de caza a unos cuatro kilómetros al norte. Cuando el perro le alcanza, acaricia su lomo y le ofrece una golosina que saca del bolsillo a modo de recompensa.

Hombre y animal se encaminan al patio trasero de la casa. Con la vista fija en donde pisa y el perro caminando a su espalda llega hasta la caseta, el fondo de su morada está a unos cuantos pasos. La noche anterior ha estado lloviendo, el suelo cercano a la vivienda está fangoso. Por lo que Rafael da un rodeo para evitar ensuciarse. Sus ojos reparan en la tierra mojada, algunas huellas marcadas aquí y allá. Su actitud se transforma al instante y el rastreador que lleva dentro toma el control.

Se pasa casi veinte minutos recorriendo los alrededores. Determina la entrada y la salida de las personas que han estado merodeando. Dos hombres al menos, algunas pisadas llegan hasta las mismas ventanas, que permanecen cerradas, a pesar de lo avanzada que está la mañana. Levanta la vista del suelo y vuelve a dar un rodeo, esta vez reparando en lo que hay fuera. Todo está en el mismo sitio, no se han llevado nada. Va hasta la puerta de la cocina y por allí hace su entrada.

—Roxy –llama a su mujer, ella sale de la habitación a recibirle. Lo besa en los labios, él la aparta a los pocos segundos –Estoy muerto de hambre. ¿Hay algo de comer?

—Siéntate, enseguida caliento algo –le sonríe coqueta.

Ella se va hasta el fogón. Él se quita la capa de los hombros y la cuelga fuera. Regresa, se sienta a la mesa.

—¿Ha venido alguien mientras yo no estaba? –Hace que la pregunta parezca casual.

—¿Cómo lo sabes? –Ella voltea para regalarle una sonrisa, ha puesto unos trozos de beicon a freír; toma un trozo de pan, un cuchillo dentado y lo rebana– Al día siguiente de llevarte a Rafa vino una amiga a visitarme –aparta el beicon y pone unos huevos al fuego, mientras le comenta– Pasamos el día juntas, se fue al atardecer, creo que se quedó con la ilusión de conocerte.

—¿Y eso por qué?

—Es que ella ya había venido un par de días antes con su hijo, pero tuvieron que marcharse corriendo porque el niño se le puso muy malo. Así que volvió a darme una explicación, nos animamos mucho conversando, pasaron las horas sin que nos diéramos cuenta. Ya cuando estaba atardeciendo dijo que no podía quedarse para conocerte porque se le iba a hacer de noche para salir del bosque –concluye ella.

—Así que has hecho una amiga en el pueblo –enfatiza Rafael

—Que va –niega ella–, se llama Danielle Lizalde, es una amiga de cuando era pequeñita, de allá de mi pueblo.

—No sabía que te mantuvieras en contacto con tus amigos allí ¿o retomaste la amistad cuando te escapaste a ver a tu tía, la bruja?

—Ya te dije que no me escapé –Roxana hace una mueca de disgusto– Llamé a mi madre desde la cafetería y ella me dijo que la tía estaba muy mala. Eso fue hace cinco meses. ¿Cuándo vas a dejar de reprochármelo?

—Porque que yo llegue a casa y no te encuentre ni a ti, ni a mi hijo; sin que me hayas dejado ni una nota, te parece de lo más normal.

Roxana pone frente a su marido el plato que ha preparado. Se retira con cara de disgusto a la habitación, dejándolo solo con la comida. El hombre no la detiene, se concentra en la comida hasta acabarla.

—Roxana –la vuelve a llamar desde la cocina–, he terminado

La chica sale de la habitación disgustada, se acerca a la mesa, retira la vajilla sucia para lavarla inmediatamente. Rafael se reclina en la silla.

—Anoche llovió bastante. ¿Entraste el perro a la casa? –cuestiona Rafael autoritario

—Por mucha pena que me diera el animal, ya me dijiste que no lo hiciera, así que no, no lo dejé entrar

—¿Y ladró? –insiste él

—No, la noche estuvo tranquila, a pesar de la lluvia.

—¿Estás segura?

—Rafael, ya déjalo, tal parece que quisieras empezar una pelea.

Rafael se incorpora de golpe, a grandes zancadas se coloca junto a su mujer tomándola con fuerza por un brazo. Ella trata de zafarse, pero el agarre de él es contundente. La empuja delante de él, atravesando la estancia, hasta la ventana de una habitación. Sin soltarla, abre la ventana, la obliga a asomarse.

—¿Ves eso de ahí? –le dice señalando el suelo exterior a la ventana –son pisadas de botas, yo diría que de anoche después de la lluvia, para ser mas exacto.

La vuelve a empujar hasta otra habitación, para repetir el mismo procedimiento. Roxana se va encogiendo en la medida que todo transcurre. Los ojos se le humedecen. Su corazón se acelera por la adrenalina del momento.

—Rafael me estás lastimando –suplica ella–, te juro que yo no dejé entrar al perro.

El hombre la suelta y se queda unos segundos mirándola a los ojos. Los de ella le devuelven la mirada. Está asustada, pero no aparta la vista del escrutinio al que su marido la somete.

—¿Estás segura?

Ella asiente, sin decir una palabra. Él se queda observándola un poco más. Se vuelve de pronto, avanza hasta la cocina, sale por la puerta al patio. Roxana le sigue a cierta distancia. Le ve agarrar al perro por la correa del cuello y arrastrarlo hasta el frente de la casa. Roxana corre por el interior de la casa hasta la puerta del frente. Desde allí lo ve amarrar al perro muy corto en el tronco del Laurel. Regresa solo, pasando por su lado en un remolino de violencia contenida.

—¿Qué vas a hacer? –pregunta ella con un hilo de voz

Rafael no contesta, continúa su camino hasta el fondo de la casa. Ella exhala un suspiro, porque piensa que su marido se ha ido al bosque a desahogar su ira, que volverá cuando se haya calmado, como otras veces. Sin embargo, es una ilusión que se rompe unos segundos más tarde, cuando lo ve regresar, con una barra cilíndrica de metal sujeta en una mano.

—Yo no alimento a inútiles –sentencia él, al pasar de regreso por su lado.

—Por favor, no –suplica entre lágrimas ella, y no para de repetir lo mismo una y otra vez, mientras se deja caer de rodillas en el suelo y solloza con las manos en el rostro.

Sus súplicas son acalladas por los quejidos del perro, al que Rafael le proporciona una golpiza de muerte.

Cuando termina pasa por su lado con las manos ensangrentadas, su ropa toda salpicada. Desaparece en el bosque dejando atrás a Roxana con una crisis nerviosa.

Volver | Seguir leyendo