El primer impulso de Danielle es ponerse de pie. Abandona la cocina y las conversaciones al instante. Todos se quedan desconcertados por la noticia primero, después por su actitud. Se miran buscando una respuesta a su reacción. Tina se limpia las manos en una servilleta. Se levanta de la mesa.

—Es su amiga. Es una reacción normal. Iré a hablar con ella y volverá conmigo –dice mientras va detrás de su hija.

Sube las escaleras e irrumpe en la habitación de Dani que se está cambiando la ropa y poniendo cosas en un bolso.

—¿Qué crees que estás haciendo? –pregunta Tina enérgica.

—Voy al hospital a verla –responde Dani sin dejar de dar vueltas. Su madre le corta el paso, la obliga a detenerse, tomándola de un brazo.

—No puedes –objeta Tina–. Tienes que calmarte y escucharme.

—No tengo tiempo, mamá. Tengo que ir a verla. Tiene que estar pasándolo fatal –Dani trata de zafarse del agarre de su madre. Tina aumenta su presión en el agarre.

—No puedes ir allí. La policía está con ella –insiste Tina– ¿Cómo vas a explicar que lo has sabido tan pronto?

—No me importa, es mi amiga –Lucha con la mano que la sostiene y logra desprenderse de la mano de Tina. Toma la cartera y está a punto de atravesar la puerta, cuando Gabriel se cuadra en ella.

—Tu madre tiene razón –afirma Gabriel, Dani esquiva su presencia para salir, por lo que éste agrega– Si vas allí, nada va a evitar que la policía ponga las manos en tu hijo.

Y ha dicho las palabras mágicas que hacen que ella se pare en seco. Deja caer los hombros, da media vuelta y se mete a la habitación para dejarse caer en un sillón. Se le ve derrotada, otra vez la mirada desaparece en la nada. Tina trata de acercarse, Gabriel le hace un gesto con el brazo para detenerla.

—Enseguida bajamos Tina. Dame unos minutos con tu hija –Tina asiente y abandona la habitación dejando a Gabriel a solas con Dani, él se acuclilla frente a Dani, le toma las manos–. Tienes que bajar con los demás –explica él– Es un momento crucial, hay que tomar decisiones a toda marcha, te necesitamos allí.

—Cada vez que me acerco a Roxana no hago más que traerle desgracias –susurra Dani.

—Estás pensando con el corazón y el corazón no es para pensar –Gabriel acaricia su mano de forma inconsciente– Tú no le presentaste al psicópata de su marido. Tú no has matado a su perro.

—Pero llevé a la policía hasta la puerta de su casa –replica ella, una lágrima le recorre una mejilla.

—Dani ¿Has pensado que a lo mejor tu amiga no es tan inocente en todo esto? –Gabriel vuelve a tocar fibra sensible, porque ella trae su vista del vacío para fijarla en él.

—Eso no es posible, la conozco desde que era una niña, ella no es así.

—Ella no era así cuando era una niña, seguro que su marido tampoco era así –Gabriel ha conseguido su atención y decide seguir tirando de ella hasta hacerla bajar con él– Todos somos inocentes al nacer. Las cosas se tuercen en el camino. ¿Has mantenido el contacto con esa chica? ¿Por qué alguien bueno iba a emparejarse con un monstruo de esa calaña?

—No puede ser –Dani sacude la cabeza con energía.

—Tienes un hijo que proteger, tienes que ser fuerte y bajar con nosotros. Necesitamos decidir el próximo paso con rapidez. Si dejamos pasar este evento, puede que no tengamos otra oportunidad.

—Si es lo correcto ¿por qué me siento tan mal? –Dani fija sus ojos en los de Gabriel, él no desvía la mirada.

—Porque en tu cabeza sigues viendo a esa niña que conociste…

—Es por mi culpa –Tina se deja ver, ha estado junto a la puerta escuchando y no puede evitar intervenir–, por todo lo que hice hace años; pero ahora eso ya no importa, hay un niño pequeño en manos de ese hombre y tu hijo está reclamando justicia para su amigo. No cometas mis mismos errores. No dejes que lo que sientes te nuble el juicio.

Dani asiente repetidas veces, se pone de pie secando sus ojos con los dedos. Baja las escaleras junto a su madre y Gabriel. Se sientan nuevamente.

—¿Entonces? Yo creo que ni bajada del cielo tendremos una oportunidad igual. El tema a decidir es cómo lo hacemos –plantea Alfonse.

—Si nosotros estamos vigilados, los padres de Lucas lo estarán también –interviene Mauricio–Los teléfonos puede que no sean seguros.

—Buen punto chico –dice Gabriel con una sonrisa–. ¿No hay riesgo con esa llamada que te han hecho? –le pregunta a Alfonse

—No. Mi confidente tiene un teléfono exclusivo para esto y yo también –dice agitando un viejo teléfono móvil, de los más básicos– No hay nada mejor, baratos y desechables En cuanto salga de aquí hago la llamada.

—Tú no –pide Tina–. Te necesito en cuerpo y alma para otro asunto. Gabriel, ¿puedes encargarte? Diles a los padres del chico que la policía está haciendo un registro en casa de un sospechoso, que allí hay cosas de su hijo. Que le pidan a la policía que incaute todo lo que pueda pertenecer a un niño.

—Tina, eso es arriesgar demasiado –Gabriel se niega de plano– Ellos estaban vigilando esa casa por un asunto relacionado con el caso. No van a dejar pasar la oportunidad de buscar algo. La idea es convencer a los padres de que es una buena idea enseñarle las fotografías del chico en este momento. Durán atará los cabos él solito.

—Gabriel está en lo correcto –afirma Dani–, eso evitará que vengan a por Mauricio, las fotos fueron un regalo de buena fe para la madre. Ella es nuestra mejor testigo. No pueden presionar a Mauricio para que declare por ese motivo

—A mí no me importa declarar –se queja el niño.

—Lo sabemos, pero en el momento que declares –explica Gabriel–, nada impedirá que ese hombre lo sepa, todavía está suelto. No queremos poner en riesgo a esta familia ¿no es así?

—Hablando de seguridad –apunta Tina–, Alfonse, necesito que nos proporciones hombres para cuidar la hacienda, de preferencia que tengan permiso para portar armas.

—¿No te parece que estás exagerando? –cuestiona Dani

—Quien no cuida a sus hijos, no merece tenerlos –sentencia Tina–. Bien es todo, manos a la obra. Tu no Alfonse, ven conmigo a la biblioteca. Con permiso –dice dirigiéndose a los demás. Se marcha con Alfonse

Recorren la breve distancia que los separa de la biblioteca. Tina va hasta su escritorio y abre con una llave el primer cajón. Saca unos sobres de dentro y se los extiende.

—¿Y esto? –pregunta él

— Debajo, hay un papel con dos destinatarios, entrega los dos sobres en mano. Deja pasar una semana y manda a darle una buena paliza a ese hombre. De ser posible que tarde en volver a acostarse con una mujer. Si es posible que sea nunca más, mejor. Aquí tienes dinero para pagarlo, no quiero que lo hagas tú.

—¿Sólo una paliza? –insiste Alfonse

—Si, sólo eso, no somos asesinos.

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