Roxana despierta de su inconsciencia en la cama de una habitación que no es la suya. Mira alrededor con la vista nublada y una sensación de nausea en el estómago. No hay nadie a su lado. Trata de retirar la sábana que la cubre para incorporarse, una punzada de dolor la obliga a extender el brazo nuevamente. Una vía intravenosa en la flexura del codo, con una bolsa de sangre al otro extremo de la guía ha sido la causante de la molestia. Registra su mente en busca de un recuerdo que justifique su presencia en un hospital.

No se tiene que esforzar mucho para verse a sí misma desamarrando el cadáver de un perro, buscando una pala y cavando un agujero junto al laurel del patio. Las manos le temblaban y los ojos le ardían de tanto llorar, la sensación de que el mundo se iba distanciando de ella lentamente, el tinte rojo rodar por su entrepierna. Introduce la mano libre bajo la sábana y palpa su vientre. La verdad la golpea en el pecho con fuerza. El espacio que ocupaba su hijo en su cuerpo está vacío.

El dolor que traspasa su alma es indescriptible, pero las lágrimas se niegan a brotar. Piensa en cuantas derramó por el perro. La idea de haberlas desperdiciado en alguien más, le oprime el pecho. Su consciencia se silencia y ya no puede pensar. Queda en silencio mirando la blancura del techo.

Una enfermera entra a media mañana a revisarla. Roxana asiste al examen distante y callada.

—¿Estás bien? –le pregunta. Roxana asiente sin mirarla–. ¿Quieres que avisemos a alguien? ¿A tu esposo?– Roxana niega con la cabeza sin pronunciar palabra– El doctor vendrá en un rato a conversar contigo…

—No hace falta –Su voz suena ronca y extraña en sus oídos, como si no fuera suya–. Ya sé que el bebé se ha ido. No me interesa saber más.

—Hay unos inspectores allá afuera que pasarán ahora a hablar contigo. Han pasado la noche junto a tu puerta.

Roxana la mira por primera vez con un rostro inexpresivo, como si aquello no le estuviera pasando a ella. Asiente nuevamente y la enfermera abandona el cuarto.

La enfermera abre la puerta a los pocos minutos para dejar pasar a Durán, acompañado por Katia. Él se queda parado junto a los pies de la cama, Katia arrastra una silla para colocarla cerca de la cabecera de Roxana. El inspector se limita a supervisar a Katia que será la encargada de hacer las preguntas.

—Hola Roxana. Mi nombre es Katia. Él es el inspector Durán. Nosotros fuimos los que te encontramos en el jardín y llamamos la ambulancia que te trajo aquí. ¿Cómo te encuentras?

—¿Qué estaban haciendo en mi jardín? Nadie nunca va a mi jardín –Los ojos de Roxana se separan del techo para encontrarse con los de Katia, que comprende al instante que no va a ser un interrogatorio fácil.

—Estamos tratando de avisar a tu esposo ¿nos puedes facilitar su número de teléfono? –Katia evade responder haciendo otra pregunta y Roxana vuelve a fijar la vista en el techo.

—No tiene, mi marido no tiene teléfono –contesta sin emoción.

—¿Algún sitio que frecuente y dónde podamos encontrarle?

—El bosque.

—¿Puedes decirnos que le pasó a tu perro? –tantea Katia

—No era mi perro… Mi hijo está muerto.

—Lo siento mucho Roxana –lamenta Katia–. Actuamos lo más rápido que pudimos. Su perro fue golpeado hasta morir ¿fue su esposo quién lo hizo?

—Mi esposo me estaba defendiendo, el perro intentó atacarnos a mí y al bebé –al escucharla Katia intercambia una mirada significativa con el inspector. Este hace una mueca de disgusto y se coloca en el campo de visión de Roxana

—El patio trasero de su casa parece un parque infantil –interviene Durán, para luego preguntar–. ¿Tienen más hijos?

—Rafael lo construyó para el bebé que esperábamos.

—Y la BMX oxidada que estaba junto a la caseta del perro… ¿era también para el bebé?

—Quiero que se vayan ya, no me siento bien –Roxana fija en el inspector una mirada de desprecio, antes de darle la espalda y cerrar los ojos.

El inspector se queda un buen rato mirando a Roxana, que continúa tumbada. La respiración de la mujer es pausada. Nada denota nerviosismo en ella. Durán ladea la cabeza como si la actitud de la mujer lo intrigara. El registro de la casa azul y blanca le ha dado un aporte sustancial a la investigación. Aunque la presencia de los padres de Lucas en la comisaría esperándole, podría tomarse como la coincidencia que colocaba la guinda al pastel, si él creyera en las coincidencias, claro. Puede permitirse perder unas horas, por lo que decide dejar a Roxana con sus cavilaciones.

—Descanse un poco. Volveremos después –Durán le hace una señal a Katia y ambos dejan a Roxana a solas.

Caminan por el pasillo del hospital hasta la puerta de los ascensores. Katia oprime un el botón de bajada y Durán saca el móvil del bolsillo para pedir un par de agentes que vigilen la puerta de Roxana. El ascensor abre las puertas y desaparecen en el interior

En su habitación la cabeza de Roxana da vueltas. Las náuseas revuelven su estómago. Mira alrededor en busca de sus pertenencias. Haciendo un esfuerzo consigue sentarse en la cama.

Conoció a su marido en un festival medieval. Ella iba vestida de aldeana y él de bandido. Él llevaba un pañuelo estilo pirata en la cabeza y en el cinturón varios cuchillos. Le sonreía de medio lado y sus ojos resplandecían de picardía cada vez que le hablaba. No tardó ni cinco minutos en caer en sus redes, porque nadie la había hecho sentirse tan hermosa.

Su madre lo rechazó en la primera ojeada, decía que era un mal tipo. Él nunca fue deshonesto, a veces le decía que su madre tenía razón, que ella merecía alguien mejor. Cada vez que decía algo así, en vez de alejarse ella se acercaba, porque mientras él reconocía no haber sido la mejor persona con otros, a ella la trataba con delicadeza. Eso la convertía en alguien especial. ¿Quién puede resistirse a ser especial?

La oposición de su familia se acrecentó con el tiempo. Le prohibían verlo o reunirse con él. Así fue cómo surgió entre ellos la señal del calcetín. Si su familia estaba distraída o fuera de casa ella dejaba la ventana de su cuarto entreabierta para él. Si por el contrario su familia estaba pendiente o vigilándola Roxana ponía a secar sus calcetines en la ventana. Nunca les sorprendieron. Cuando se hartó de tanta prohibición recogió sus cosas y se escapó de madrugada por la misma ventana. Desde entonces su familia no la ha vuelto a ver. No porque ella no lo haya intentado, es que no quisieron saber nunca más de ella. Por eso hoy está sola, sin su familia, sin su hijo y sin él.

Roxana se levanta con dificultad, apoyándose en la barra de metal que sostiene la bolsa de sangre. La arrastra por el cuarto del hospital hasta un armario que hay empotrado en la pared. En una bolsa de plástico han colocado la ropa con que llegó en la ambulancia. Revuelve en su interior hasta encontrar lo que busca. Con paso vacilante llega al baño, abre el grifo del lavamanos, moja los calcetines que llevaba puestos en su casa, se asoma a la ventana y los deja colgados en la reja exterior.

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