A Frank siempre le han dicho que nació de pie, no es cierto en el sentido estricto de la frase, digamos mejor que, si hay quien nace con una estrella guía, él ha acaparado para sí a toda una galaxia.

Siempre fue un tío saludable, al que la madre naturaleza le regaló atractivo de sobra sin tener que esforzarse en un gimnasio. Contaba con el cerebro justo para sacar un diplomado con notas aceptables. Otro no habría conseguido el trabajo de su vida con ello, pero la galaxia amiga de Frank hizo su intervención. Una chica muy agraciada, hija de un político adinerado puso sus ojos en él. A los veintidós años estaba casado y trabajaba de profesor en un instituto privado muy reconocido.

Hay quién valora la buena suerte cuando le toca, pero cuando sin importar lo que hagas, las bondades de la vida no se separan de ti, lo más seguro es que termines siendo igual a Frank, una pesadilla arrogante.

Nunca destacó en nada, aun así, si piensas que no logró subir como la espuma, estás subestimando su buena fortuna. Su esposa, aparte de darle dos hijos, se ha ocupado de influenciar a los conocidos y amigos de su padre para colocar a Frank en una posición ventajosa. Cualquiera a quién le explicásemos esto, llegaría a pensar que Frank siente devoción por su mujer… pues no, este tío tan afortunado ha sido infiel hasta perder la cuenta.

En su defensa se podría decir, que sus estudiantes femeninas fueron muy insistentes en el pasado. Podía darse el lujo de rechazar a muchas, ganando de esa forma una reputación intachable. Lo que sucede es que ya tiene cuarenta y tantos y las chicas con edad universitaria tienen algo de madurez. Otro se habría retirado con dignidad del juego. Frank en los últimos tiempos se ha lanzado a cambiar notas por otros favores. Confiado en la galaxia de su propiedad, ahora camina rumbo al despacho del rector. Lo que no se ha detenido a meditar es que cuando subimos hasta el último peldaño de la escalera, solamente nos queda una dirección para tomar y esa, es cuesta abajo.

Golpea la puerta cerrada con suavidad, apenas puede contener la satisfacción que le embarga, trata de disimular su regocijo con una máscara de humildad. Hace una semana ha solicitado el puesto de jefe de cátedra, está seguro que saldrá de la oficina con el puesto.

—Entre –invita una voz proveniente del interior del despacho. Frank gira el pomo de la puerta y se asoma un poco por la abertura

El rostro del rector no es amable, ni siquiera levanta la vista de los documentos que revisa para saludar. Con un gesto le invita a sentarse. Lo mantiene en espera durante quince minutos que a Frank se le hacen eternos. Impaciente mueve una pierna de forma repetitiva.

—Frank –dice finalmente el rector– te he hecho venir hasta aquí, porque en la mañana de hoy he recibido una visita. Me ha entregado este sobre en mano –le extiende el sobre por encima de la mesa, Frank se incorpora un poco para tomarlo– con la amenaza de que si no tomo medidas, el contenido será enviado a la prensa.

Frank abre el sobre sin ninguna emoción. Extrae el contenido. Su rostro palidece de forma visible y una punzada de dolor se aloja en su estómago. No se atreve a levantar la vista, porque el recuerdo de una habitación de motel se instala en su cerebro.

—Yo no quisiera hacer un escándalo de esto, porque el prestigio de la universidad saldría comprometido. Lo que no va a pasar es que yo pierda mi puesto, por lo que voy a pedirte que con carácter inmediato presentes tu renuncia y te marches. No puedo darte carta de recomendación porque me lo han prohibido expresamente, sin embargo, si consigues otro empleo no me han sugerido que interfiera.

—Esto pasó hace mucho tiempo, no trabajaba aquí siquiera –argumenta Frank

—Yo no veo ninguna fecha, Frank. Lo que veo es un hombre maduro, con una adolescente; en una situación bien comprometida. Toma mi consejo y vete lo más discretamente que puedas.

Frank asiente como un autómata, su mente está a toda máquina preguntándose cómo este asunto se ha destapado justo ahora. No es la primera vez que le chantajean con estas imágenes. Sabe quién las encargó, pero el tipo lleva muerto demasiado tiempo. La petición del sujeto era sencilla, mantener una distancia con cierta chica, con la promesa de que nunca revelarían sus sucios entretenimientos. Y cumplió, por lo que no puede comprender el significado de este giro en los acontecimientos. Se retira de la elegante oficina del rector. Recoge sus pertenencias en una bolsa de deportes y abandona el campus de forma precipitada. No se preocupa demasiado por lo ocurrido. Con la ayuda de su esposa tendrá un trabajo en veinticuatro horas, quizás hasta uno mejor.

Saluda a algunos estudiantes de camino al aparcamiento. Sube a su coche, enciende el motor y pone rumbo a su casa. Hace una parada en el camino, a un costado de la carretera se baja del coche, enciende un cigarrillo. Coge el sobre y le acerca el mechero encendido a una de las puntas, se termina el cigarrillo mientras observa como el fuego consume su pecado. No se marcha hasta que todo se vuelve ceniza.

Como buen miembro de la clase acomodada, su hogar está ubicado en las afueras de la ciudad, es una casa amplia con un pequeño jardín a la entrada. Detiene el coche en una explanada contigua. Atraviesa el jardín en pocos pasos y mete la llave en la puerta, para darse de bruces con la segunda sorpresa del día.

Su mujer está sentada en un sofá con una copa de vino en la mano, los ojos enrojecidos y encima de sus piernas descansa, un sobre exacto al que él acaba de incinerar. En el medio del salón hay tres maletas hechas. Hace el intento de iniciar una conversación. Su mujer introduce  la mano que tiene libre en un costado del mueble, y la regresa sosteniendo un arma de fuego.

—Si dices una sola palabra, juro que voy a matarte –enfatiza con rabia– por favor, atrévete a decir algo.

Así es como en un solo día la exclusiva galaxia que guiaba a Frank se vio devorada por un agujero negro que siempre estuvo ahí y que no fue capaz de ver.

La noche lo recibe con una botella de licor barato en un hotel de mala muerte, desde donde jura y perjura que esto no se va a quedar así.

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