Han pasado dos días de absoluta calma, Dani agradece la tregua que le dan los incesantes sobresaltos a los que ha estado expuesta desde hace un tiempo. Mauricio ha estrechado su vínculo con Gabriel, que pasa gran parte del día ocupándose de sus caballos, de los que el niño ha quedado prendado. Sostiene conversaciones tiernas con ellos en un tono bajo. Dani lo ha pillado en algunas ocasiones besando a los animales en la cabeza por encima de los ollares, o deslizando suave su mano desde la garganta hasta el hombro, recorriendo el canal yugular.

Ella por su parte ha pasado largas horas en la cocina, en un inicio buscaba relajarse haciendo alguna labor, pero Acacia se la pasa bromeando, por lo que ahora busca la compañía por el gusto de reír un rato. Allí se encuentra cuando el timbre de la verja suena, Acacia contesta, Saúl al otro lado pregunta por Dani, Acacia le lanza una mirada interrogante, Dani asiente y la chica le abre, para que pase. Intercambian algunas palabras en las que una solicita no ser molestada y la otra promete hacerse cargo.

Danielle se dirige al salón arrastrando un poco los pies, aunque hace unos días dio su consentimiento para que él visitara a Mauricio lo hizo de forma precipitada, llevada por la furia del momento. Después de meditarlo ha llegado a la conclusión de que una conversación entre ellos es necesaria, por el bien de su hijo.

Ella misma le abre la puerta, intercambian una mirada de reconocimiento mutuo. Los recuerdos del tiempo en que eran adolescentes la golpean de súbito. Ella se ruboriza un poco al pensar en la pasión de sus encuentros. Probablemente él tenga los mismos pensamientos, porque desvía la vista de sus ojos con una sonrisa socarrona.

—Pasa –invita Dani haciéndose a un lado–, ya sé que dije que vinieras a ver a Mauricio cuando quisieras, pero hay cosas que quiero que hablemos porque no quiero malentendidos.

—Tranquila, imaginaba que algo así sucedería –Su semblante se vuelve solemne.

Camina tras ella, su mirada la recorre desde el pelo hasta el trasero, desvía su mirada cuando ella se da la vuelta. Dani le brinda algo de beber y el declina la oferta con un gesto. Se acomodan en sendos sillones uno frente a otro. Él ligeramente inclinado, apoyando los codos en sus rodillas. Ella se reclina para darse ánimos. Una copa la hubiera desinhibido, pero él no ha aceptado y ella no quiere parecer débil a sus ojos. Toma aire antes de comenzar, y busca en su interior la fuerza para ser lo más honesta posible.

—Primero, estoy un noventa y nueve por ciento segura de que Mauricio es hijo tuyo, sin embargo, mantenía relaciones con alguien más. Ese es el motivo por el que no te informé de mi embarazo –Saúl levanta de golpe la vista, comienza a toser porque se ha atragantado con su propia saliva, ella hace una pausa esperando a que se recomponga– El parecido es notorio y eso es lo que me ha dado la certeza de que no te estoy engañando. No voy a aceptar ningún tipo de pruebas de ADN, ni nada en ese plan, así que o lo tomas, o lo dejas.

—Es mi hijo, puedo sentirlo. Lo tomo –contesta él con una firmeza que la desarma.

—Debes saber que no se llama Mauricio –confiesa ella y Saúl sonríe al recordar que ya el chico le ha mencionado el tema–, cambiará de nombre cuando le apetezca, hasta que se decida por uno, vas a respetarlo. Si no te gusta, podrás llamarlo como lo hacen en el colegio que es por nuestro apellido, Lizalde. De lo contrario respetarás el nombre de turno porque ese es su deseo. Cuando se decida por un nombre definitivo yo estoy dispuesta a cambiarlo en el registro y puedes aprovechar para ponerle tu apellido, siempre y cuando él esté dispuesto.

Saúl mueve ligeramente la cabeza sopesando las palabras de Dani. Tiene unas cuantas preguntas que hacer y no sabe cómo plantearlas.

—¿Estás casada? –Dani levanta una ceja, por lo que él se apura a aclarar–. Lo pregunto por saber si tengo competencia en el afecto de mi hijo.

—No me he casado nunca, Saúl. Y si empiezas a ver esto como un concurso, no va a acabar bien.

—Esa es una cualidad de casi todos los hombres, Nelly –deja caer el apodo con galantería, intentando evocar el tiempo en el que sólo él le llamaba así.

—No vayas por ahí. Estás aquí por Mauricio. Yo no voy a formar parte de este trato –Dani abandona toda amabilidad–. No mescles las cosas y no vuelvas a llamarme así. Mauricio está detrás con un amigo y sus caballos.

—Si quieres llevarlo de ese modo, así será.

Dani abandona el salón por la puerta frontal, rodea el inmueble por un estrecho camino de lozas sueltas. Saúl va unos cuantos pasos por detrás, guardando una distancia. Al llegar a la parte trasera de la casa, busca con la mirada a su hijo que está sentado a la sombra del naranjo, absorto en las indicaciones de Gabriel que le enseña cómo anudar una cuerda para hacer un lazo. Los caballos deben estar en las caballerizas porque no se ven por ninguna parte. Dani abandona el sendero y camina por la grava del patio para acercarse.

—Mauricio, alguien ha venido a verte –Se vuelve, Saúl está detrás de ella, no le queda otra que hacer presentaciones, por lo que se apura–. Gabriel, éste es el padre de Mauricio. Saúl él es un amigo y abogado de la familia –Gabriel extiende una mano que Saúl estrecha con cierta reticencia.

—Yo ya me iba –indica Gabriel, dirigiéndose a Mauricio y Dani–. Ha sido un gusto –le dice al recién llegado–. Nos vemos mañana, Mauricio.

Se encamina a la puerta de la cocina, Dani lo ve alejarse por lo que se apura a decirle a su hijo.

—Les voy a dejar para que hablen –Acaricia la mejilla del niño, le sonríe y se marcha detrás de Gabriel.

En la cocina Gabriel conversa animadamente con Acacia que le alcanza una taza humeante de café. Cuando Dani aparece en el umbral, la chica le ofrece también, pero la oferta es rechazada con un gesto.

—Alguien me debe una limonada –dice ella con picardía, Gabriel rueda sus ojos y confirma sus palabras.

—Así es y los limones están escuchando la conversación –afirma Gabriel mientras extrae de un bolsillo los mencionados limones.

—Acacia ¿podrías estar pendiente de esos dos? –dice señalando a Saúl y a su hijo que están bajo el mismo naranjo cercano a las caballerizas.

—Por supuesto señorita –contesta la chica

—Si se mueven de ahí, avisa a mi madre que está en la biblioteca…

—Estoy aquí mismo –Tina se acerca por el corredor–. ¿Vas a alguna parte? –le pregunta a su hija.

—La he invitado a probar mi limonada –interrumpe Gabriel.

—Voy a estirar las piernas y a coger un poco de aire –aclara Dani

Tina hace un gesto con la mano indicando que está de acuerdo, pero como si no hubiera quedado claro aún, asegura que no les quitará la vista de encima a Saúl y a su nieto.

Nubes grises ocultan el sol de la tarde, un viento fresco y húmedo remueve las hojas de los árboles cuando la pareja sale al exterior por la puerta de metal de la entrada a la hacienda. Caminan bordeando el muro de piedra que esconde del mundo la vida de los Lizalde. Los hombres armados contratados por Alfonse, ocupan posiciones discretas, un ojo inexperto no podría detectarlos.

Gabriel va contándole algunos sucesos intrascendentes, la avidez de conocimientos de Mauricio le resulta muy gratificante. El hecho de que Gabriel se sienta traicionado por sus caballos, que se dejan embaucar con cualquier chuchería que el niño les obsequie, le hace mucha gracia a Dani. Van tan ensimismados en el gusto de su mutua compañía que no reparan en que una sombra, oculta en la frondosa arboleda frontal a la propiedad, se ha pegado a ellos desde que salieran. Unos ojos cargados de resentimiento que no les pierden de vista ni un momento. Que los escoltan desde una cierta distancia, incluso cuando llegan al porche de Gabriel.

La muerte prematura de Lucas condujo a Danielle y a su hijo por un torrente de acontecimientos estresantes. La aparente calma que hoy les hace pensar que todo ha terminado, es temporal. Están inmersos en medio de la tormenta que agazapada espera a que sus víctimas se confíen para azotarlos por sorpresa cuando menos lo esperan.

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