Hay tanta sangre en el vestido como si hubieran asesinado a alguien. Tiene que estar muerta y yo… yo estoy histérica. Tengo que pensar, pero primero tengo que esconder todo esto, menos el bolso, el bolso no tiene sangre. Cavaré un hueco en la tierra y enterraré ese trapo. Ya se lo bastante de este mundo para saber que por este incidente me pueden volver a encerrar.

Ha sido más fácil pensarlo que hacerlo, después de media hora he cavado cincuenta centímetros y tengo las manos destrozadas, he cogido una rama para ayudarme. Cincuenta centímetros tendrán que bastar, coloco el vestido y lo cubro con tierra, salto como una atolondrada sobre ella. Cubro la tierra removida con ramas, hojas secas y me voy, con el pequeño bolso abultando un bolsillo del corto pantalón del pijama.

Al llegar a la casa subo directo a la habitación. Me doy otra ducha, busco en el pequeño botiquín del baño una crema para las rozaduras, me embadurno las manos y me tiro en la cama, necesito pensar, pero estoy agotada y tengo hambre, a estas alturas me conformaría con un conejo, (ya imagino vuestras caras, ¿qué queréis de mí?, un Dragón necesita comer).

Debo haberme quedado dormida por un par de horas, el olor a carne asada me hace salivar y me despierto. Bajo corriendo las escaleras. El olor viene de la cocina, mi madre… (Bueno, ya saben, la de Soe) tiene toda una fuente llena de carne, huele de maravilla. No puedo contenerme y agarro un trozo, me lo meto en la boca y su cara es todo un poema.

—¿Qué?— le pregunto con la boca llena.

—¡Soe!, hace tres años que no pruebas la carne.

—¿En serio? Pues eso se acabó. Está deliciosa.

Me siento en una de las sillas que hay alrededor de la mesa, masticando y pensando a la vez. Es lo que yo digo, nada mejor para pensar que un estómago tranquilo y satisfecho.

Veamos las cosas con calma. Soe no está muerta, su cuerpo está medianamente sano, su debilidad es propia de su naturaleza y de sus terribles hábitos alimenticios, pero está bien, está viva, claro, que no recuerda nada….

No, algo no está bien.

¿Que hace a una persona, o Dragón, o lo que sea, ser lo que es?

Este es el cuerpo de Soe, lo cual no quiere decir precisamente que Soe esté aquí. Yo soy K, en el cuerpo de Soe. Entonces, ¿dónde está Soe?

¡No puede ser! No, no, no, esa estúpida fucsia no puede estar en mi cuerpo, maldición, no puede estropear mi cuerpo con un cerebro idiota, En esta basura de mundo estamos extintos por culpa de los humanos. Joder, en mi mundo mantenemos los humanos a raya. Mi cuerpo es espléndido. Un humano con ese poder lo jodería todo. Me estoy ahogando. ¿Ahora qué le pasa  a este cuerpo? Sebastian está frente a mí, su imagen se pone borrosa, me pone una bolsa en la cara y me dice.

—Respira despacio Soe, estás hiperventilando.

A los pocos segundos me encuentro mejor. Sebastian me mira fijamente y me dice –Te has puesto verde, creo que la carne no te ha sentado bien, has perdido la costumbre. Te lo dije al principio, si dejas de comer carne, te volverás enfermiza. Si no te gustara lo entendería. Dejar de comer carne por lástima de los animales es una tontería. Los leones no dejan de cazar, no les puedes enseñar documentales de maltrato animal y convencerlos. De hecho si los encierras y les das vegetales, los estarías maltratando y son animales también —Sebastian habla, caramba, llegué a pensar que era mudo.

—No es lo mismo— le digo, por decir algo.

—Sí, eso dijiste aquella vez.

Sebastian estruja la bolsa y la lanza a la basura. No he visto cuando ha llegado mi padre. (ya está, esta no es mi familia verdadera, aunque me refiera a ellos por el parentesco con Soe, queda aclarado por última vez) Al rato estamos cenando juntos, no he podido librarme, mientras ceno les observo. El señor parece cansado. ¿Qué hará todo el día? Aun así encuentra energía para ser amable con mi madre, con Sebastian y conmigo. La conversación no es importante, hablan del tiempo, del inicio de las clases en poco más de una semana y de adoptar un perro. Sebastian ha sacado el tema. Todo el mundo me mira tenso, yo no me doy por enterada, me entretengo mirando el plato. Mi madre carraspea y pone una mano en mi brazo y me dice con afecto.

—Hija, ha pasado mucho tiempo desde Fuego, tu hermano también quiere un perro, él nunca ha tenido uno, ¿tú que dices?

—¿Qué? Aah, a mí me da igual, si Sebastian quiere un perro, déjenlo tenerlo —¡Así que Fuego era un perro! ¿Por qué nombrar Fuego a un perro? Esta Soe no deja de sorprender –Me voy a la cama, estoy agotada.

Parece que Fuego era muy importante en la vida de Soe. Todos me observan mientras me marcho. Creo que piensan que me agobia recordar a Fuego, realmente estoy preocupada por otro fuego, el mío. Si mi cuerpo está en manos de esa insensata, yo bien poco puedo hacer. Por muy lista que me crea no encuentro explicación a nada de esto. No tengo idea de cómo volver. No sé dónde está Soe. Quizás sí que está muerta y mi cuerpo también. Debería estar agradecida de estar viva, aunque sea en este cuerpo tan inferior. Me acuesto desanimada y vuelvo a soltarme todo el rollo. (Ese de: Yo soy K, bla, bla, bla. Soy alucinante.)

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