Es un largo camino por recorrer. Docientos kilómetros por carretera, sin embargo, son diez años en su pasado lo que debe atravesar en una noche. Que no hayan encontrado hace tres semanas a Roxana tiene su explicación. No preguntaron a las personas adecuadas. Danielle lo sabe. Nunca ha mentido al niño, aunque hay muchísimas historias que no le ha contado. Que no ha contado a nadie.

Faltan unos cincuenta kilómetros para llegar a su destino cuando detiene el coche en un motel de carretera. Las orquídeas, no parece un nombre apropiado para un motel de mala muerte. El niño se revuelve en sueños en el asiento trasero. Ella mira el reloj en la radio del coche. La una y media de la madrugada. Se baja del coche, abre la puerta trasera, toma a su hijo en brazos que instintivamente se abraza a su cuerpo. Con esfuerzo camina por el parquing rumbo a la oficina del motel

—Ya estoy despierto, bájame –Le susurra su hijo en el oído. Ella lo deja en el suelo y camina a su lado.

Les recibe un jovencito escuálido y soñoliento

—Una habitación doble, por favor, para una noche –solicita ella.

—Si no abandonan la habitación antes de las diez de la mañana, deberá pagar otro día –dice el joven sin emoción.

—Cóbreme dos días entonces, no tengo claro a qué hora voy a marcharme.

Paga y el joven le entrega una llave. Danielle la mira, le resulta rara, acostumbrada como está a las llaves electrónicas de hoteles. Salen de la oficina y su hijo le toma de la mano.

La habitación es cutre, huele a polvo húmedo. Camina hasta el baño y comprueba que las toallas están limpias. Deshace ambas camas y se fija en lo mismo. La habitación esta vieja, de hecho todo el motel lo está, huele raro si, sin embargo, todo está pulcro. Viejo pero limpio.

—Vuelvo enseguida, voy a buscar las maletas –Le dice al niño.

—Te ayudo –contesta él

—Vas a perder el sueño.

—Ya lo he perdido –dice mientras la sigue.

Regresan cada uno con una maleta. Sin decir palabra, Danielle toma una bata y se mete al baño. Se da una ducha rápida. Al salir su hijo se ha cambiado de ropa, está sentado con las piernas cruzadas sobre la cama.

—Durmamos un poco, que mañana será otro día –comenta Danielle con desgana, se sienta en la otra cama.

—¿A dónde vamos? –pregunta él

—Vamos a visitar a mi madre. Ya sé lo que vas a decir, ni siquiera la he mencionado nunca. No nos llevamos bien. Tener parientes de sangre no significa que tengamos familia. Tengo una madre y una hermana. Me fui de casa embarazada de ti. Tu abuelo era un buen hombre. Se ocupó de nosotros siempre. Venía a visitarme muy seguido. Tú le encantabas. Es una pena que no le recuerdes. Enfermó y lo primero que hizo al saberlo fue dividir sus propiedades. Lo que tenemos es en gran medida gracias a él. Lo dispuso todo de forma que nadie nos lo pudiera quitar. Después de su muerte nunca más he sabido de ellas. Si alguien sabe algo de la suerte de Roxana, es mi madre. A ella vamos a preguntarle.

—¿Por qué iba a saber ella algo de Roxana? –cuestiona su hijo.

—Digamos que lo que te conté es la parte más bonita de esa historia. Cuando tuve aquel accidente con Roxana, mi madre se obsesionó con desquitarse. Fue una guerra entre las dos familias. La conversación que tuve con aquel sicólogo fue crucial. Mi relato de lo sucedido hizo que la balanza se inclinara un poco a favor de la familia de Roxana, aun así, pagaron mucho dinero por aquello y no eran una familia adinerada. Que Roxana y yo volviéramos a ser amigas fue un secreto que al cabo de un tiempo se supo. Todo volvió a comenzar. Mi padre cerró la casona del pueblo y nos trasladó a la hacienda. Allí vivimos hasta que me marché de casa. Supongo que allí vivirán aun, al menos mi madre. Mi padre no controlaba todo lo que mi madre hacía. Poner distancia no terminó con sus ansias de guerrear. La familia de Roxana tuvo que vender todo y marcharse. Puede que me equivoque, pero estoy segura que mi madre conoce pelos y señales de la vida de ellos. Si alguien sabe dónde están, es ella. Aunque se hayan mudado mil veces, ella estará al tanto de todo. De la misma manera que está al tanto de todo cuanto nos pasa a nosotros.

—Mamá, no tienes que ir allí si no quieres, yo te creo –dice el niño de forma compasiva.

—Aaaahh, no te preocupes por mí. Esto no lo estoy haciendo sólo porque me creas. Llega un momento en nuestra vida en que debemos resolver el pasado si queremos un futuro

—Podrías resolverlo en otro momento –Lo dice de forma amable y al escucharlo a Danielle se le escapa una sonrisa.

—Pensaba que hablaríamos de todo esto mañana. Supongo que cualquier momento es bueno…. Es posible que durante esa visita escuches palabras desagradables. Mi madre siempre encuentra la forma de herir, de lastimar. Torcerá una verdad hasta dejarla irreconocible, después la usará en contra de quién se le oponga. No sé por qué es así. Quiero que estés preparado y no quiero que lo que pueda decir te afecte.

—Lo entiendo –dice él con convicción–, no dejaré que me lastime. No haré caso de lo que diga.

Danielle sonríe con cariño, se pone en pie y le da un beso en la frente
—Ahora descansemos, ¿vale? Por cierto, ¿De verdad tengo que llamarte “Nadie”?

—No se me ocurre ningún nombre bonito, escógelo tú por esta vez, piénsalo bien, porque a lo mejor es el definitivo –dice él guiñándole un ojo.

—Lo dudo mucho.

Danielle se inclina hasta la lámpara que está encendida entre las camas y la apaga.

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