El auto se aparta de la autopista y disminuye la velocidad. El motor ruge furioso por la empinada cuesta. La carretera serpenteante es estrecha. El pavimento sin señalizar es áspero, accidentado. Danielle aferra el volante con ambas manos. El sol está justo en el horizonte, cegándola por completo. Deseaba llegar temprano a la hacienda, deseo que se ha visto frustrado por un pinchazo en un neumático, sin contar que han dormido hasta muy tarde. Necesitaban descansar, serenarse, por lo que el tiempo no le parece perdido.

El niño lee en el asiento trasero, silencioso. Un cuantioso rebaño de caballos corretea en los pastizales que están más adelante a su derecha. Aunque los campos están cercados, Danielle vuelve a bajar la velocidad. A este paso no van a llegar nunca. La incomoda la cercanía a la hacienda, quisiera poder retrasar el encuentro. Sabe que después de la próxima curva será visible la valla que rodea la propiedad. Los altos muros de piedra blanqueados por el sol.

En menos de cinco minutos está frente a la verja del camino privado, que lleva a la vieja casona rural. Danielle se queda desconcertada, en tiempos pasados bastaba con bajarse y empujar la verja, que se abría en dos grandes hojas a cada lado de la entrada. Se queda mirando la nueva verja, que se abre de forma lateral, evidentemente con un mando a distancia. Como no tiene ni idea de qué hacer, se siente tentada de volver por donde mismo ha llegado. Su hijo que se ha bajado del coche tras ella, presiona un botón que a ella se le ha pasado totalmente inadvertido. Después de unos segundos se escucha una voz que pregunta.

—¿Quién es? –La voz suena aguda a través del pequeño altavoz del intercomunicador.

—Es Danielle, la hija de la dueña –responde su hijo a la voz, mientras la observa haciendo una mueca divertida. Danielle sonríe nerviosa. Mira a su hijo con cierta impaciencia cuando empiezan a pasar los segundos y no sucede nada–. Están asimilando la noticia –comenta él con humor.

Ya están pensando en marcharse cuando la puerta comienza a abrirse. Regresan al coche y por esta vez su hijo se sienta delante, a su lado. Atraviesan la entrada y Danielle siente que las emociones se le agolpan en el pecho. Con esfuerzo se recompone. No quiere que el pequeño se sienta inseguro, así que, aunque ella esté de los nervios, aparenta serenidad y entereza.

Conduce por un sendero de grava. Se detiene a la entrada de la casa. Una joven sale por la puerta principal vistiendo una especie de uniforme que incluye tocado y delantal. El chico intercambia una mirada cargada de significado con Danielle, que murmura entre dientes

—Típico de tu abuela.

Se bajan del coche y la chica nerviosa les dice

—La señora Clementine les espera en la biblioteca –Lo dice pronunciando el nombre con acento inglés. Danielle se revuelve incómoda.

Siguen a la chica hasta el interior de la casa. Danielle se fija en los pies de la joven, ve que calza tacones, no muy altos, pero tacones igualmente.

—¿Eres alguna especie de asistente personal o algo? –pregunta a la muchacha, que sonríe tímida.

—Soy un poco de todo, a la señora no le gusta encasillarnos –responde con amabilidad la joven

—O sea que te hace trabajar en tacones –murmura avergonzada Danielle y la chica baja la vista.

—Por aquí, por favor –dice mientras empuja la puerta de lo que hace muchos años fuera el despacho de su padre.

La habitación ha sido transformada. Su padre era una persona sencilla, con muy buen gusto. Le gustaba leer, por eso poseía un armario enorme cargado de libros. El mueble ha desaparecido. En su lugar su madre ha tapizado las paredes con estanterías que muestran libros encuadernados. Los libros de su padre se notaban manoseados y usados. Estos ni siquiera se han abierto. Están expuestos en una pared para dar una apariencia. Cumplen un roll decorativo. Las cortinas sobrias y tupidas del ventanal han sido sustituidas por unas de un tejido delicado y traslúcido. El pesado escritorio de caoba es el mismo. Al otro lado está sentada una mujer, con unos cuadernos abiertos sobre la mesa. Frente a ella, de espaldas a la puerta un hombre que se incorpora de su asiento en cuanto la puerta se abre. La mujer levanta la vista, la mira con fingida sorpresa, se pone de pie y rodeando la mesa extiende los brazos a la recién llegada.

—Dani, cariño, ¡que sorpresa! Tendrías que haber avisado que vendrías –dice mientras estrecha a Danielle entre sus brazos, que permanece fría.

Por encima del hombro de Danielle ve al niño que ha permanecido en la puerta, se separa de Danielle y la rodea, toma al niño de la mano y lo arrastra al interior de la habitación.

—Mira que jovencito más apuesto tenemos por aquí, Alfonse.

Otra vez un nombre que se pronuncia con acento extranjero. Al pasar por el lado de su madre, el niño se desprende de la mano que lo arrastra y mira azorado la escena.

La señora es una mujer esbelta, aparenta unos treinta y pocos, el pelo negro y sedoso en una media melena que se balancea con gracia sobre sus hombros. Viste unos pantalones negros que se ajustan a sus caderas, una blusa verde aceituna que resalta el color dorado de sus ojos. El niño se inclina un poco hacia su madre y susurra.

—¿Es tu hermana?

Danielle lo piensa unos instantes. Desde que su hijo le dijera la noche anterior que le escogiera un nombre aun no lo ha hecho. Le parece un momento perfecto así que le responde en voz alta a su hijo

—Mauricio, quiero que conozcas a tu abuela Clementina –Pronuncia el nombre de su madre correctamente, quedándose más que satisfecha. Se hace un prolongado silencio en la habitación.

Alfonse es el que al cabo de unos minutos carraspea y se acerca a Danielle con la mano extendida.

—Danielle, ha sido un placer conocerte –Danielle le estrecha la mano y enseguida el hombre la retira para estrechar la del niño–. Mauricio, espero nos veamos pronto. Tina, te dejo para que puedas atender a tu familia. Mañana podemos seguir con el tema que nos ocupaba –concluye,  volviéndose a la dueña de la casa. Con un gesto que recuerda una reverencia se retira.

—Mandaré a alguien del servicio a por vuestras maletas –dice Tina después de unos segundos de incómodo silencio.

—Eso no será necesario, nos marcharemos enseguida –contesta Danielle.

Mauricio se limita a cambiar la vista de una a otra.

—Bah –dice su madre haciendo un gesto de desdén con la mano–. Habrá tiempo de sobra para marcharte, después que discutamos unas cuantas veces. Hasta entonces se quedarán, así podré conocer a mi nieto –Pronuncia la palabra nieto como subrayándola–. Está de vacaciones, ¿no?

—Si –responde Mauricio.

—¿Ves? –Interrumpe Tina al ver que Danielle tiene intenciones de protestar–. Deja al niño disfrutar del sol, está muy pálido. Ahora me ocuparé de mandar a preparar habitaciones para ustedes y una buena cena.

Sale de la habitación dejándolos solos.

—Así que ahora soy Mauricio –dice el niño con una sonrisa– ¿Por qué Mauricio?

Danielle responde un poco azorada.

—Mauricio era el nombre de mi padre.

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