Entro aturdida al recibidor, las llaves que estaban en la bolsita del bosque son de casa, ya lo sospechaba. Las uso para entrar y mi madre grita desde la cocina.

—Cariño, llegas temprano.

Atravieso el salón despacio sorteando los muebles. Me recuesto de frente a la pared, apoyando una mejilla al marco de la entrada a la cocina y le doy una excusa –las chicas no quisieron comer— se vuelve.

—Pensé que era tu padre, ¿cómo entraste?

—Con las llaves –agito el llavero en una mano.

—Claro. ¿Cómo si no? –parece nerviosa –Tu hermano ha traído un perro, salió a dar una vuelta con él, debe estar al llegar. Te ves diferente. Luces bien. –asiento con la cabeza, no lo he pasado por alto, ha cambiado de tema no una, sino dos veces. Estábamos hablando de las llaves, son mis llaves (las de Soe). ¿Qué tiene de raro que las use? Pero si ella se hace la tonta, no puedo hacerme la avispada. Ella sabe algo que yo no. No puedo preguntar, podría, pero hay una luz roja en mi cerebro de Dragón que dice que no es prudente. Si ella quiere jugar, juguemos.

Doy media vuelta. Subo lentamente la escalera y me desvisto en la habitación, mientras me pongo el pijama, sigo dándole vueltas al asunto. En la cafetería todo el mundo parecía estar pegado a un móvil. No me había dado cuenta porque mi único contacto con la gente ha sido, un doctor charlatán, unos padres ocupados y un hermano atado a un ordenador. ¿Soe estaría siempre pegada al suyo? Aquí nadie ha preguntado, excepto Pilar. Fue de las primeras cosas que mencionó al llegar. Soe, parece perderlo con frecuencia.

Cuando me llaman a cenar bajo con el móvil en la mano. Es breve, pero mis padres intercambian una mirada, no lo estoy imaginando. Me siento y algo me resopla en un pie, doy un salto y Sebastian se ríe con ganas. No sé cuántas maldiciones he soltado. Me asomo bajo la mesa, es el perro, mierda. Me quedo en silencio mirando al perro atentamente. Yo he visto este perro antes. No es el mismo perro, pero es idéntico al perro de las fotos de Soe. ¿Por qué han buscado un perro tan parecido? ¿Lo habrán hecho a propósito? Si es así, esta gente está jugando fuerte. ¿Cómo reaccionaría Soe? Psss, lloraría. Pero yo no puedo llorar. Fuego al parecer era muy guapo, pero yo no siento nada. Vamos K, lo único que puedes hacer es fingir. Me llevo las manos a los labios en gesto de dolor y salgo corriendo escaleras arriba.

Me he quedado sin cenar. Me están matando de hambre. Me tumbo en la cama resignada y molesta.

Una hora después Sebastian toca a la puerta.

—Soe, abre, te he traído un sándwich, —me tiene y lo sabe— Soe, perdona, ya me han echado la bronca. Yo no me acuerdo de Fuego. Abre Soe, ayúdame a buscarle un nombre –le abro. Ya dentro le señalo la silla del escritorio, pero se sienta en la cama. Trae una bandejita en la mano con dos rebanadas de pan con algo verde dentro y un vaso con zumo. Me siento en la silla y señalo con el mentón a la bandeja.

—¿De qué es el sándwich?— le pregunto.

—De lechugas – me responde y yo le sonrío, es una porquería pero me aliviará las tripas, que están vacías desde las tortitas de la mañana.

—He traído al perro en la tarde –empieza a hablarme y yo tomo el pan dejándole la bandeja en las manos –Yo no le escogí, ¿sabes? Habían muchos perros y yo no sabía por cuál decidirme. Todos estaban ladrando y yo estaba a punto de marcharme porque hacían mucho ruido. Entonces me fijé en él, estaba tumbado, tranquilo, no me estaba prestando atención, como si no estuviera interesado en que lo escogieran.

—Y por eso lo escogiste, —le interrumpo —típico de un chico. Te gusta lo que se te resiste.

—Ya te dije que yo no lo escogí. No me estás escuchando. Me fijé en él porque no estaba haciendo el tonto cómo los otros perros. Cuando le vi estaba tranquilo. Cuando le miré a los ojos me estaba observando, se levantó y se acercó, caminó hasta mí, le acerqué la mano y resopló en ella. Ahí lo supe Soe, sentí que era mi perro. Al llegar a casa mamá se ha disgustado y papá también. Dicen que lo hice a propósito, que tengo celos de ti, pero no es cierto. Ya sé que se parece a Fuego, por eso también me ha gustado. Si no te gusta, lo devuelvo.

—¿Por qué harías una cosa así por mí? –le pregunto extrañada.

—¿Por qué no? –me responde –Te has llevado muchos golpes por mi culpa, haría cualquier cosa por ti.

—¿Cómo darme con una sartén en la cabeza? – pregunto con ironía.

—Estabas como loca –me dice con expresión de sorpresa y bajando mucho la voz –primero pensé que estabas muerta. Cuando vine a tu habitación, pensé que estabas muerta y fui a buscar a papá. Entonces, empiezas a chillar como posesa y repartir golpes a diestra y siniestra. Yo tenía la sartén en la mano todavía, no se me ocurrió nada más.

—Me he perdido. ¿Por qué tenías una sartén en la mano a las doce de la noche?

—Sabía que no te acordabas, te deben haber pegado muy fuerte en la cabeza. A lo mejor fui yo con la sartén. Déjalo ya Soe. Casi te matan y te he borrado la memoria de un sartenazo.

—No te sigo. Tienes que contarme –replico.

—Déjalo ya, Soe. –me ordena, me pasa la bandeja en silencio, se marcha y cierra la puerta.

Lo dejo marcharse, de momento esto se quedará así. Tengo que trazar un plan, me estoy perdiendo en suposiciones y no tengo nada en la mano. Hay que centrarse en los hechos, buscar más información.

Me estoy muriendo de hambre. Sin importar lo que piensen voy a bajar a comer. Si Sebastian tenía en la mano una sartén a las doce de la noche, yo puedo usar una a las diez. No es raro para nada.

Un momento después me estoy cocinando una chuleta enorme. Mi madre entra a la cocina en ropa de dormir, es una mujer joven todavía, probablemente no pase de cuarenta años, sus cabellos son negros, igual que los de Soe y Sebastian. Sus hijos se le parecen mucho. Tiene una mirada intensa, quizás por el color oscuro de sus ojos.

—Tienes hambre –afirma –No has comido nada en todo el día. Por lo que veo va en serio lo volver a comer carne. Quita, yo termino de prepararlo. Antes te gustaba bien hecha. La has puesto al fuego congelada, si la apuras mucho, quedará sangrante por dentro –le hago una mueca de asco –sí, — sonríe –te sigue gustando  bien hecha.

—¿Tu hermano se ha disculpado? Mañana devolverá el perro –continúa diciendo –le dije en cuanto lo vi que no podía quedárselo.

—No le hagan eso, – le digo –por mi está bien, que se quede el perro. Me ha gustado, me he impresionado un poco, pero ha sido la sorpresa. Por mucho que se le parezca, no es Fuego. Si lo fuera sería genial –nos quedamos en silencio y me quedo pensando en la ironía. Ella está preocupada por el parecido de un perro con el perro de su hija, cuando tiene a alguien delante que parece su hija y no lo es. Ella ni siquiera ha notado la diferencia.

Apaga el fogón y sirve la chuleta en un plato, me lo pone delante con un par de cubiertos, me besa en la frente y me dice que no me desvele, me da las buenas noches y si no fuera por cómo protestan mis tripas, no comería.

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