Sale de la ducha con el pelo revuelto, los ojos enrojecidos por el jabón, la piel más blanca, si es que eso es posible. En el interior del baño el vapor de agua comienza a condensarse y a escurrir por el espejo. Con la punta de la toalla seca las diminutas gotas que le impiden verse. Revisa los cajones y las puertas de los armarios por mera curiosidad. Encuentra un peine, empieza a alisarse el cabello que está demasiado largo.

Un par de tímidos toques en la puerta le interrumpen. Una voz al otro lado le dice

—Señorito Mauricio. La cena está servida.

El niño rompe a reír ante la ocurrencia, no puede evitar repetir entre dientes

—Señorito Mauricio, Señorito, ¡anda ya!… Ya voy —grita desde el baño.

Se pone los mismos tejanos, una camiseta que saca de la maleta, se enfunda las zapatillas de siempre. Termina de peinarse con los dedos para bajar de prisa.

Su madre y su abuela están sentadas en las cabeceras de la mesa, a casi cinco metros de distancia.

—Pasarnos la comida va a ser todo un espectáculo —dice mordaz.

—No nos pasaremos la comida —replica Danielle—, hay una persona que nos servirá.

—Me parece que no, creo que Mauricio tiene razón —contesta Tina.

La chica que los hizo entrar vestida de sirvienta entra en ese momento al comedor vistiendo ropa normal, con una botella de vino en la mano.

—Disculpen he olvidado el vino, siento mucho interrumpir —se disculpa la muchacha.

—Acacia, siéntate con nosotros —le dice Tina.

—Oh, no señora, ¿cómo cree? —responde la chica.

—Acacia —dice Tina tajante—, mi hija volverá a irse, yo volveré a detestar comer sola y volverás a sentarte conmigo. Así que da igual. A Danielle no le importa. ¿no es así, hija?

Danielle asiente y se levanta para sentarse a un costado de Tina, Mauricio se acomoda junto a su madre. Acacia acerca las fuentes con comida al pequeño grupo antes de ocupar el asiento que ha quedado libre al otro lado de Tina.

Se sirven, comienzan a comer un poco cortados al principio. A medida que van pasando los minutos la tensión se relaja. Danielle rompe el silencio para preguntar por su hermana.
Su madre la pone al tanto de que su hermana Monique se graduó de médico, que un buen día se puso una mochila al hombro y se fue con los médicos sin fronteras, a ver que enfermedad rara podía pillar por el mundo. Danielle la mira molesta mientras su madre retuerce los acontecimientos. Mauricio parece disfrutar de la causticidad de Tina. Al decir de Tina, Monique se ha casado con un pelele y anda esperando a ver si le llega la menopausia para evitarse así el trabajo de ser madre.

—Ya es suficiente Tina –protesta Danielle—, siempre tienes que enjuiciarlo todo.

—Vale —responde su madre levantando ambas manos en señal de rendición.

—¿En qué grado está señorito Mauricio? —pregunta Acacia tratando de suavizar el ambiente.

—Voy a secundaria el próximo curso —responde el niño.

—¿Y cuantos años tienes? —Pregunta su abuela— ¿no es un poco pronto?

—Si, lo que pasa es que hubo un tiempo en que no podía respirar bien, así que vivíamos en la montaña, allí todo estaba muy lejos. Mamá trajo a la seño Gracia que me enseñó mucho. Cuando nos mudamos de nuevo a la ciudad, hubo que hacerme exámenes para saber a qué grado matricularme. Me pusieron dos por encima del que debería tocarme por la edad. Iban a ser cuatro grados; pero mamá no quiso que estuviera con chicos tan grandes.

—¿Y qué te gusta hacer cuando no estudias? —pregunta Acacia.

—Me lo paso muy bien leyendo, me gusta dibujar; aunque no soy muy bueno. El año pasado mamá me compró una cámara, hacer fotos se me da de miedo. Aunque a lo mejor son buenas fotos porque mi amigo Lucas hacía maravillas con su BMX en las rampas del parque.

—¿Tu padre te visita a menudo? —interrumpe Tina con tono inocente, Danielle levanta la vista bruscamente para mirarla, el gesto no le pasa inadvertido a nadie.

—Si, viene seguido, a veces damos un paseo, o se queda a cenar en casa —le responde Mauricio con naturalidad.

—¿Cómo está? ¿Se conserva joven? —insiste Tina.

—No lo sé, a mí siempre me parece igual, pero si lo que quieres es una pista para adivinar quién es, mejor pregúntale directamente a mi mamá —hace una pausa y se vuelve hacia Danielle—. Mamá ¿puedo levantarme? Estoy cansado, quiero irme a dormir —Danielle asiente y el niño agrega—, con permiso, que pasen buena noche —se retira y el resto termina de comer en silencio.

Hacia medianoche todos se retiran y el primer día en la hacienda finaliza sin más incidentes.

 

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