El perro está ladrando en el patio, me asomo a la ventana y la luz me hace entrecerrar los ojos irritados. Es temprano, habré dormido poco más de tres horas. Sebastian corretea con el perro. Me voy al cuarto de baño y subo la temperatura del agua a cuarenta grados. Me doy una ducha larga y caliente. El calor me reanima. Cuando salgo, las paredes del baño escurren y una neblina de vapor se queda en el ambiente.

Bajo a la cocina. Agarro de la nevera una botella de leche y me voy directo al patio con ella. Bebo directamente de la botella. Me la voy a acabar entera, así que da igual. Me siento en la hierba junto a Sebastian que está tumbado junto al perro.

—Ese perro es listo –le digo – te ha puesto cara de póker y has terminado trayéndolo a casa.

—Ese sería un buen nombre, ¿no crees?

—¿Cual? –le pregunto.

—Póker.

—No se me había ocurrido –le estoy mintiendo, si se me había ocurrido. Quiero que piense que lo ha escogido él. Un buen nombre es importante, tiene que significar algo. Lo primero que preguntamos a alguien casi siempre es su nombre. El nombre debería sugerir algo. –Es un buen nombre, me gusta. –Después de hacer una pausa le digo —Sebastian, tenemos que hablar.

—No –responde tajante. Voy a tener que ser más persuasiva. Si quiero que hable conmigo voy a tener que darle algo.

—Sebastian, tú no me borraste la memoria. –insisto

—Si te acuerdas de todo, ¿de qué quieres hablar? –su voz me suena algo estresada.

—Yo no me acuerdo de nada Sebastian, pero no fuiste tú quien me borró la memoria. –le digo en un tono despreocupado, lejos de tranquilizarse, empieza a estar agitado –cálmate, ven, caminemos un poco –me levanto con la intención de andar hasta el bosque. Con un gesto le invito a seguirme

—Estás loca si piensas que voy a ir a ese bosque contigo solo.

—Sebastian, sabes que yo nunca te haría daño.

—No es de ti de quien tengo miedo –está aterrorizado, así que detengo el interrogatorio. Me siento nuevamente a su lado y le pregunto.

—¿Alguien te ha hecho daño? ¿Te han amenazado? Tienes que hablar conmigo. Yo no me acuerdo de nada y necesito que confíes en mí. ¿De qué tienes tanto miedo?

Se queda callado, lo está pensando, supongo que tengo que esperar a que esté listo. Después de un tiempo su respiración recupera el ritmo regular. Mientras, yo también pienso, cualquier cosa es mejor que nada, no puedo presionar o no va a hablar. Tendré que conformarme con lo que quiera darme

—Alex era un tío guay –dice por fin –no era traficante como tú pensabas.

—¿Por qué hablas de él en tiempo pasado? –le pregunto

—Porque creo que está muerto. Él me estaba ayudando con algo. No me mires así. No te puedo decir con qué –suspiro con resignación y el continúa –Unas semanas antes del fin de curso empezaste a verme hablar con él y te pusiste en plan “sabionda”. La noche de la fiesta de fin de curso me pillaste escurriéndome de la fiesta. Me presionaste mucho Soe. Te dije que Alex me había llamado para darme a guardar algo. Me dijo que fuera a las ruinas del viejo sanatorio, que lo había dejado detrás del muro de la entrada. Pensaste que eran drogas y yo te dije que no. Me amenazaste con contárselo a papá. Ay Soe, no había visto en mi vida a alguien más delirante que tú esa noche. Me prometiste callarte a cambio de ir tú y comprobar que no eran drogas. Cuando llegamos detrás del muro no había nada más que un cazo viejo y oxidado con un palo pequeño dentro. Cuando lo cogiste en la mano hubo una explosión detrás de las ruinas, lo soltaste y salimos pitando.

Mientras corría como un loco me di cuenta de que no estabas detrás de mí. Después de buscarte un buen rato en el bosque  vine a casa a hurtadillas. Estuve en este patio escondido hasta que se apagaron las luces de la casa y entonces entré por la terraza. Fui directo a tu habitación y no estabas, Era casi medianoche y el cielo estaba iluminado detrás del bosque, parecía el infierno desatado. Las llamas se veían desde el segundo piso. Sentí un ruido en el patio y baje a la cocina, quería coger un cuchillo. Terminé cogiendo una sartén. Si cogía un cuchillo probablemente me apuñalarían con él. Desde la cocina te vi entrar por la terraza y arrastrarte a cuatro patas por las escaleras. Estabas medio desnuda. Subí a tu cuarto poco después y estabas sobre la cama. No estabas respirando –la voz se le quiebra, pero no llora, no sé por qué me siento orgullosa de que no llore –Tú no estabas respirando y yo fui a buscar a papá. Del resto creo que si te acuerdas.

Guarda silencio. Acaricia con mano temblorosa la cabeza de Póker, mientras mira al vacío.

A este paso voy a descubrir algo cuando ingrese a un asilo de ancianos. Me ha contado algo que yo no sabía, pero sigo sin entender nada.

—Si eso es lo que pasó ¿de qué tienes tanto miedo? –le digo al rato.

—Soe, tengo miedo porque está pasando algo muy gordo. Lo he estado pensando mucho, si Alex está muerto nadie sabe lo que yo sé, ni que yo lo sé. Deberíamos estar a salvo de momento.

Me saco el móvil del bolsillo, busco la carpeta de enviados y le muestro los mensajes al número desconocido que tengo en el móvil.

—¿Ese es el número de Alex? –le pregunto

Agarra mi móvil y lee solamente el último mensaje, me mira asombrado —¿Estabas amenazando a Alex por teléfono?

—Creo que ya me has respondido. Sebastian, vas a tener que ir conmigo a ese bosque, tengo que enseñarte algo. Creo que yo maté a Alex.

Volver | Seguir leyendo