El chirriar de las macizas ruedas de hierro con la vía en ruda frenada, le hacen abrir los ojos. Ha sido cosa de un parpadeo, o eso le parece. Saca el móvil del bolsillo de su chaqueta. Comprueba la hora. Las tres horas de viaje han pasado en ese parpadeo. Se asoma a la ventana del vagón. Como movida por un resorte se incorpora, toma su cartera del vacío asiento del lado y corre por el pasillo hasta la puerta, para bajar del tren justo en el último segundo antes de que este reemprenda la marcha.

De pie en el andén espera que la mole continúe su invariable ruta. Se da tiempo a que su pulso recupere la normalidad. Los últimos vagones pasan por su lado a velocidad vertiginosa. El viento que rompen levanta los cabellos negros de Danielle que los acomoda con los dedos en gesto automático e involuntario.

Transita nuevamente por las calles de su pueblo natal, que parece congelado en el tiempo, como una postal de otro siglo. A media mañana unos pocos transeúntes pasan por su lado, alguno se le queda mirando, con esa impertinencia que tienen los pobladores de pequeños pueblos y de la que ni siquiera son conscientes.

Ella deja la calle principal en la esquina de la iglesia. El campanario anuncia las diez de la mañana, como si los habitantes no tuvieran un reloj que consultar. Con paso ligero Danielle vuelve a doblar en otra esquina. En la medida que se aleja del centro las casas comienzan a estar más distantes unas de otras. Después de quince minutos de caminata las calles dejan de estar asfaltadas y se convierten en sucios caminos de tierra desnivelados. Las aceras dejan de existir y se convierten en senderos agujereados por sabrá Dios que motivo.

Casi en las afueras encuentra la ruinosa casa de Camelia, la bruja del pueblo. No se atreve a cruzar el jardín exuberante. No es el típico jardín de flores, es un popurrí sin orden ni concierto de arbustos y aromáticas plantas.

—Camelia —grita desde la entrada —Camelia

La pesada puerta se abre y una anciana delgada de cabellos y ojos blancos se asoma por ella

—Pasa —grita también la anciana

—Pero los perros… —protesta Danielle

—¿Ves algún perro? Ya no tengo perros —contesta a voces la vieja que malhumorada se esconde en la oscura casa.

Danielle avanza con dificultad por el estrecho sendero que dejan libre las plantas. Algunas se quedan enganchadas a su chaqueta pasando a formar parte de su vestuario. Al atravesar la puerta encuentra a la anciana preparando una infusión en la improvisada cocina.

La anciana se acerca a Danielle. Le retira de una manga de la chaqueta una de las plantas adheridas, la estruja entre sus dedos y la huele.

—Menta —dice con cierto deje místico —Denota ingenuidad. Malos sueños y preocupaciones diurnas te atormentan.

Toma una segunda hoja de la espalda de la chaqueta, esta vez manosea la planta sin romperla

—Laurel —vuelve a decir la anciana con el mismo tono —Un espíritu protege tus caminos.

—¿Un espíritu? —pregunta Danielle

—Un muerto —responde la vieja con brusquedad. —A la gente le gusta más el término de espíritu. Supongo que es más bonito a sus oídos. Si quieres saber más son veinticinco dólares por una tirada. Se paga por adelantado.

—Por supuesto —Danielle abre su cartera y mientras extrae el dinero le dice a la anciana —aunque no he venido hasta aquí por una tirada.

—Lo sé —dice entre dientes la vieja —lo que quieres cuesta más. Aun así escucharás la tirada y yo te daré la información que has venido a buscar. ¿Un té?

—¿Cuánto cuesta? —pregunta Danielle disimulando apenas su molestia

—Nada, el té es gratis. Pasa y siéntate a la mesa. Enseguida voy. —dice la anciana mientras le señala una habitación contigua.

Danielle se introduce en una especie de salón sin ventanas. El mobiliario es antiguo y rebuscado. Pareciera como si la anciana se lo hubiera gastado todo en amueblar el sitio. Una mesa color marrón rojizo en el centro, barnizada, tan pulida como un espejo. Una silla a cada lado. Una pared está completamente cubierta por una cortina de terciopelo morado, los volantes que la decoran están rematados con encaje blanco.

Del techo cuelga una lámpara de bronce, adornada de lágrimas y perlas. Las cinco bombillas ubicadas en las puntas le hacen parecer una estrella si la miras desde abajo, o sea desde la mesa dónde se ha sentado Danielle.

De la pared que hay a su derecha cuelgan de forma aleatoria máscaras de míticos dioses. En la pared de la izquierda hay un altar que llega casi hasta el techo del alto puntal de la vieja casa. Una vasija de barro al centro. A su alrededor hay cráneos y huesos de distintos animales. A cada lado del altar hay jarrones de cristal transparente decorados con naturaleza muerta y ramas secas.

A su espalda, la pared donde está la puerta por la que ha entrado. Esa está desnuda, sin pintar y con el ladrillo a la vista. Unos minutos más tarde Camelia aparece en la puerta empujando un carro, como los que utilizan en los hoteles para llevar el servicio a habitaciones.

—El dinero —dice la anciana y Danielle se apura a poner los veinticinco sobre la mesa y la vieja niega desaprobando —allí en el cuenco que está a los pies del altar.

Danielle obedece y Camelia coloca sobre la mesa un fino mantel de encaje blanco de forma triangular. En el centro de la mesa un gran vaso transparente, que llena con el agua que trae en una jarra de barro. Toma del carro cuatro piedras, mientras Danielle regresa y se sienta en la otra silla, ya que la anciana está junto a la que usaba hasta hace un momento. Camelia deja caer la primera piedra dentro del vaso con agua mientras murmura.

—Piedra de río para recorrer caminos no transitados. Piedra de mar para conocer secretos y mareas —dice dejando caer la segunda piedra —Piedra de montaña para darnos la fuerza contra lo desconocido. Piedra volcánica para recordar que estamos destinados a ser cenizas. —dice mientras deja caer la última piedra.

Coloca frente a Danielle un vaso de té y le ordena

—Bébelo —ante la negativa de Danielle, la vieja replica —No es opcional. Son hojas de muérdago, no son venenosas

Danielle toma un pequeño sorbo, dejando el vaso después sobre la mesa. Camelia apura el suyo con avidez. La anciana saca de su bolsillo unos clavos de metal, machacados y planos. Los coloca dentro de una vasija de barro y los agita. Coloca la vasija frente a Danielle y le dice que haga lo mismo. Danielle la agita y cuando va a colocarla frente a Camelia, ésta le ordena que las voltee en la mesa. Así lo hace, dejando la vasija a un costado. La anciana se inclina sobre los clavos, los tantea un poco con sus manos tratando de determinar su posición, le dice en el mismo tono sombrío de antes.

— Andas buscando respuestas por los caminos equivocados. Los errores pueden llevarte a padecer mucho dolor. Evadirse de los problemas puede ocasionar problemas mayores. Eres capaz de hacer más de lo que crees. Retoma tu camino y deja atrás el pasado porque es territorio muerto y solo muerte puede traer. Advertida estás.

Camelia se reclina en su silla satisfecha y Danielle la mira con cara de incredulidad.

—¿Eso es todo? ¿Y eso que significa? —pregunta Danielle, que no entiende cómo se ha dejado embaucar por su madre, viniendo hasta aquí a perder el tiempo.

—Yo soy una hechicera, no soy adivina. Soy la mensajera, te digo lo que debo decirte, no es mi trabajo interpretarlo, si pudiera descifrar el mensaje o adivinarlo no viviría en esta pocilga.

—Pero yo no vine aquí para que me diera ningún místico mensaje —replica Danielle

—No, eso lo sé —dice fríamente la anciana —viniste aquí para que yo traicionara a alguien que quiero, no es que no lo haya hecho antes, pero ya te dije que eso tiene otro precio.

—Yo no pretendo hacerle daño a nadie —dice Danielle en tono conciliador —Aun así ponga su precio.

—El precio son cincuenta más —dice Camelia imperturbable —No importa lo que pretendas, lo que tenga que ser, será. ¿Qué quieres saber?

—Todo este tiempo me ha dado a entender que lo sabía — replica Danielle

— Ya te dije que no soy adivina. —la corta la anciana.

—He venido hasta aquí a preguntar por Roxana, la hija de Andrea Falcón. En esencia quisiera saber dónde encontrarla.

—¡Vaya! —exclama Camelia, se incorpora y rodeando la mesa se acerca a Danielle, palpa su rostro con las huesudas manos, se toma su tiempo. Después de unos instantes de examen se retira a su silla nuevamente, mete la mano a un bolsillo y saca un paquete de cigarrillos, toma uno y le ofrece uno a Danielle que no lo rechaza. —Vayamos a la cocina y dejemos a los espíritus en paz —Se levantan las dos, salen de la habitación sin prisas, después de apagar los cigarrillos recién encendidos en un cenicero que hay sobre el carro.

—Ya sé quién eres —murmura Camelia un poco más amigable. Danielle ya no quiere permanecer en la casa y se apura a sacar el dinero para colocarlo en las manos de la anciana. La anciana envuelve con sus manos, las manos de Danielle que aprisionan los billetes y se queda ensimismada, mirando en el vacío de su ceguera. —El dinero no será necesario. Deberías volver por dónde has venido.

—Si no lo sabe, dígalo de una vez —le dice enérgica Dani

—Sí que lo sé, pequeña, pero no voy a cobrarte por decirlo. No se enriquece uno con la desgracia ajena. —Hace una pausa suspirando cansada —Junto a la autopista que atraviesa el país por la costa, hay un puerto pesquero llamado San Bartolomé, a las afueras de ese pequeño pueblo, en una casa azul y blanca vive tu amiga. Deberías prestar atención a todo cuanto he dicho. El destino marca sus distancias por una razón. Ahora quiero que te vayas y no vuelvas nunca.

—Gracias —dice Danielle dejando sobre la mesa los billetes que aún tiene en la mano.

Puede escuchar al salir el murmullo de Camelia, que se dice a si misma —Ahí está tu pago, Judas.

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