—Tú no eres capaz de matar nada. No tienes estómago para eso. A veces te pones borde y eso, pero hasta dejaste de comer carne porque te daba lástima con los animalitos –Sebastian lleva todo el camino tratando de convencerme de que soy incapaz de matar a una mosca. Me ha hecho dar un rodeo. Se ha colado en el jardín de los vecinos que viven como a quinientos metros de la casa, para entrar por su patio a la arboleda. Mientras mira con nerviosismo de un lado a otro. Sigue cantando alabanzas a mi buen corazón. A cada momento que pasa me voy sintiendo más y más irritada. Póker nos pisa los talones, camina en silencio. En ocasiones pega el hocico al suelo y resopla. Pudiera pasar por un perro rastreador si en vez de resoplar, inspirara de vez en cuando.

Encuentro el sitio sin problemas. Con una rama empiezo a desenterrar el vestido manchado de sangre mientras Sebastian da pequeños saltitos a mi espalda. Me vuelvo hacia él con impaciencia.

—¿Te estás orinando? –le pregunto

—No, ¿por qué?

—Entonces deja de dar brincos, me estás poniendo de los nervios.

—Es que creo que alguien podría acercarse y sorprendernos – me dice

—Si alguien se acercara, Póker ladraría. Tú quédate quieto.

—El perro no ladró en la perrera como los otros  ¿te  acuerdas? ¿y si ahora tampoco ladra? —me mira preocupado mientras me da su argumento, yo miro al cielo impaciente.

—Acostúmbrate a llamarlo por su nombre, para eso se lo pusiste. –le digo por fin —Póker es tu perro, no es una prostituta. Te manipuló en la perrera porque te escogió de compañero, tú mismo lo dijiste. No va a manipular a todo el mundo, ni se va a escapar con el primero que pase. Ayúdame a cavar y cállate ya.

Ya casi estamos, pero no hay suerte, así que no se calla mientras me ayuda.

—Soe, ¿por qué enterraste la prueba de un crimen? ¿Es que no has aprendido nada con papá?

—¿Estás tratando de decirme que papá es un asesino en serie? –le pregunto con cierto humor.

—Te crees muy graciosa –dice –Papá es investigador de escena de crimen.

Me ha tomado por sorpresa. No he conseguido esconderlo a tiempo y me ha pillado. Trato de disimular y sigo cavando. Él se detiene, me mira fijamente y pregunta

—¿Dé cuánta amnesia estamos hablando aquí? –yo no le miro y continúo en mi labor, pero es como un perro con un hueso e insiste –Yo te he contado lo que sé y ahora tú te quedas calladita. Es muy fácil pedir que confíe en ti, pero tú no estás confiando en mí. Nunca has confiado en mí –y sigue dándome la vara con eso un rato, hasta que me enojo.

—Mira Sebastian, estoy desenterrando un vestido ensangrentado para enseñártelo. Deja de decir estupideces, yo no puedo decirte nada porque no me acuerdo de nada, sin embargo, tú no me lo has contado todo y yo he respetado eso. Que no se te olvide que antes me has dicho que había algo que no me ibas a decir. Empiezo a sospechar que todo este enredo es culpa tuya y aun así no te he presionado. Podría haberte sacado la verdad de una buena paliza y habríamos terminado más pronto.

Al fin he conseguido que se calle, a mitad de mi discurso estaba cavando y ha desenterrado el vestido, lo revisa unos instantes, después hace un montoncito de hojas y ramitas secas, saca un mechero del bolsillo y enciende una pequeña hoguera en la que lanza el vestido. Lo atiza de vez en cuando con una rama más larga. Se queda observándolo hasta que termina de arder. Lo revuelve todo comprobando que solo quedan cenizas, después le tira tierra encima para apagar el fuego. Unas columnas delgadas de humo ascienden desde la tierra.

Media hora más tarde estamos otra vez sentados en el patio. No hemos vuelto a hablarnos. Tampoco nos hemos separado y eso me da esperanza, porque creo que se me ha ido la mano en el bosque. Cuando estoy a punto de darme por vencida empieza a hablar.

—No te he dicho nada porque no vas a creerme, no se lo hubiera dicho a nadie. Se lo dije a Alex porque me sorprendió saliendo por una ventana de la oficina del profesor Richard. Al principio tampoco me creyó, me registró los bolsillos y encontró la hierba de Max. Dijo que las drogas me tenían frito el cerebro. Fue muy considerado que no me delatara. Días después empezó a interesarse y quería que le repitiera todo con detalle. Creo que vio algo también y por eso estaba interesado. Es que si no lo hubiera visto, yo tampoco lo creería.

—Sebastian, te prometo que yo voy a creerte, dime lo que viste.

—Vi al Señor Richard, convertirse en un vampiro….

Hay que joderse, le he prometido que le creería. En serio, no me puedo creer que le haya hecho esa promesa. ¡Ay madre! Este chico está como una cabra. Alex tenía razón, las drogas le tienen frito. Aunque… me está diciendo que Alex después estaba interesado. No creo que el profesor de arte fumara hierba también. No voy a desinflarlo de momento, al menos, no del todo. No hay que cerrar la puerta a mi único informante. Al menos hasta que consiga un informante nuevo y más fiable. Pongo mi mejor cara, una que inspire confianza y le digo

—Te creo, yo no sé lo que viste y creo que viste algo, pero lamento decirte que los vampiros no existen. Vayamos a comer. Necesito toda la ayuda que puedas darme. Hace falta que me cuentes todo lo que sepas de mí. Yo no me acuerdo de nada Seb, —me ha salido espontáneo eso de achicarle el nombre y él me sonríe –No quiero que le digas a nadie, pero no recuerdo nada de nada. La noche del sartenazo ya no recordaba nada antes de que me dieras con la sartén. Me desperté muy confundida y no reconocía a mamá, ni a papá. A ti no te vi venir.

—¿Entonces no recuerdas ni que somos tu familia? –me pregunta

—Nop

—Oye yo estaría flipando todavía, habrían tenido que internarme. Me hubiera puesto como loco.

Le suelto una carcajada y le digo –¿De verdad? Pues yo me lo tomé con tremenda calma –entonces se da cuenta y se ríe conmigo.

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