Comemos en mi habitación, sentados en el suelo, mientras me pone al día. Tenemos que estar apartando a Póker, que se quiere comer nuestra comida. Primero me habla de papá que parece ser su héroe, se llama Juan Carlos Hernández. En el trabajo y en la comunidad es el inspector Hernández, tiene cuarenta y cinco años y lleva más de veinte casado con nuestra madre, que se llama Susana Albear, y tiene cuarenta y cuatro. Están juntos desde la academia. Mamá no terminó los estudios, porque tuvo un accidente de tránsito, se lesionó un hombro y perdió medio pulmón. La declararon no apta físicamente antes de empezar siquiera a ejercer. Ahora trabaja a medio tiempo en una tienda de antigüedades.

Me comenta del instituto. Soy una empollona. Karina, Pilar y yo formamos una especie de trío de raritas. No somos muy populares. Nos pasamos el día mandándonos mensajes. Le pongo una cara de suspicacia y agarro el móvil de Soe. En el buzón hay acumulados una considerable cantidad de mensajes. Me dice que estoy metida en un follón, pero me ayuda a idear mensajes insustanciales  de respuesta para salir del paso. Me recomienda que no me saque el móvil del bolsillo, así puedo responder de inmediato y no levantar sospechas. Le pregunto por Pilar y Karina, me cuenta que Karina me conoce desde el jardín de infancia. Pilar se mudó hace menos tiempo a la ciudad. Ella no tiene mucho que ver con nosotras, pero desde el principio ha estado pegada a Karina y a mí.

De quién más habla es de sí mismo y le veo en los ojos la emoción, quiere que le conozca y me pregunto por qué Soe no era cercana a su hermano. Prefería a dos pringadas antes que a él. Lo daba por sentado, siempre ha estado ahí. Yo no tengo hermanos, si los tuviera, estarían primero. Así que le escucho con gusto cuando me cuenta, que no se siente cómodo en ningún grupo, que los que mejor le caen son Max, Esteban y Joan, que no son deportistas, ni empollones, ni raros. Que a Max no le va tanto la hierba, pero que lo hace para impresionar a una tal Julia de mi curso. No entiendo por qué freírte las neuronas impresionaría a una chica, pero Sebastian lo encuentra muy lógico.

Pasamos horas hablando y nos reímos juntos de cosas tontas, me empiezo a sentir muy cómoda con él y me arriesgo a preguntarle por el chico de la cafetería. Le cuento la historia y se muere de risa conmigo. Me dice que se alegra de que haya perdido la memoria.

—Babeabas como idiota por ese tío, es un imbécil. Juega al béisbol. Le regalan las notas porque gana los partidos. Se llama Nicolás pero hace que le digan Nic. Ya te digo, un imbécil total, con aires de grandeza. No te llega ni a los talones, ahora menos. Ahora molas mucho, Soe. Ojalá que no recuperes nunca la memoria.

Tras ese comentario me sube un escalofrío por la espalda. Me siento helada, ¿qué mierda estoy haciendo? Le estoy robando el hermano a una chica humana. Me doy cuenta de que me está gustando mucho este chico, en buen rollo. Nada romántico, ya saben, yo soy un dragón. Es mejor dejar los sentimientos a un lado y centrarme en lo que importa, mejor no encariñarse, después de todo, no me voy a quedar.

—Seb, ¿Por qué no me cuentas las cosas que le contaste a Alex? –le digo y sé perfectamente que me estoy aprovechando del momento.

—Ya te lo he dicho.

—No, me has soltado de golpe que crees que un profesor es un vampiro. No me has contado lo que viste, a lo mejor malinterpretaste una situación. Si viste al tío mordiéndole el cuello a alguien a lo mejor estabas presenciando sexo, no vampirismo. A veces la gente es algo ruda durante el sexo.

Se ve mono sonrojado, me da ternura verlo, aunque me contengo y permanezco seria.

—Soe – me dice –el tipo no estaba mordiendo a nadie. Mira, estábamos bajo las gradas, Max, Joan y yo, esperando a Esteban, que anda con nosotros, pero es del último curso. Lo que pasa es que a Esteban le va el arte y le gusta dibujar y eso. No encaja mucho con los del último curso. Bueno, el asunto salió porque Max estaba mosqueado porque no sabía nada para el examen de Historia. Dice que su padre sospecha que está fumando y yo le digo que me pase la hierba. Me da la que se está fumando y por no quedar mal le doy una calada, pero le aclaro que lo que quiero decir es que me dé la que tiene en el bolsillo, que yo se la guardo. Me la da, pero me dice que ese no es el problema, que el problema es que no puede seguir suspendiendo, que en su casa lo van a matar. Yo no sé de dónde me salió el valor, pero le digo que no se preocupe, que me esperen ahí mismo que yo voy a ir a colarme en la oficina del profesor y que me voy a robar el examen y le devuelvo el pitillo.

—¿Cuántas caladas le diste al pitillo? –le pregunto

—Eso no es lo importante, Soe.

—Sí que es importante. Estabas fumado, Seb.

—Es posible, –se queda pensando un instante y continúa –pero ya te digo yo que no es importante. Me cuelo en la oficina por una ventana de las del patio lateral, cuidando que nadie me vea. Me pongo a registrar en los cajones, la puerta hace ruido y siento en el pasillo la voz de Esteban y la del profesor Richard. Me entra el pánico y me escondo tras la cortina. Entran a la oficina y empiezan a tener una conversación rarísima. El señor Richard quiere que Esteban se robe una cosa del museo de historia, unos libros y Unas piedras brilantes, pero Esteban se niega y el señor Richard entonces se transforma en vampiro y lo hipnotiza. Yo casi me meo encima. Se puso morado, saca unos colmillos larguísimos por la boca. Está de perfil a mí, por lo que veo el tamaño de esos colmillos. Con un siseo extrañísimo le dice que tiene que hacer lo que él ordene y no sé cuántas chorradas más. Esteban a esa altura ya tiene cara de hipnotizado y le responde, si mi amo y se va tan tranquilo. El señor Richard se recupera, se vuelve humano otra vez y sale por la puerta. A esas alturas ya yo tenía un tembleque en todo el cuerpo, que los huesos me sonaban y se me olvidó el examen y volví a salir por la ventana. Ahí me sorprendió Alex.

—Interesante – le digo pensativa – ¿y qué quería saber Alex después?

—El nombre de los libros –me dice –Es lo más raro. ¿Para qué querrá un vampiro la historia de un bicho?

—¿La historia de un murciélago? –le pregunto medio en broma.

—No, la historia de una luciérnaga.

Joder, me quedo consternada.

—Seb, ¿tu amigo Esteban es el ayudante de Alex? —le pregunto.

—Sí, ¿Cómo lo has deducido?

—Lo siento mucho Seb, tu amigo Esteban está muerto.

Y ahora el consternado es él.

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