La voz se corrió como pólvora en el pueblo, lo que es normal teniendo en cuenta que Puente del Río es el sitio dónde nunca pasa nada relevante. Asesinato, es la palabra que va de boca en boca, provocando un estupor desconocido en todos los habitantes.

La policía ha sellado la zona del bosque en que ha aparecido el cuerpo, algunos curiosos rondan las cercanías tratando de conocer detalles del suceso. Los rostros descompuestos de los integrantes del cuerpo de policía local son la única novedad a la que tienen acceso, porque no hay nada que puedan agregar a los hechos. Ninguno ha tenido una experiencia similar en los años de servicio, por lo que se han visto en la necesidad de pedir ayuda al departamento de homicidios de la región. La petición habría sido muy normal, si no se hubiera presentado el alcalde de Puente del Río a meter la nariz en la escena del crimen, dando el espectáculo de vomitar sobre el cuerpo y contaminar todas las pruebas posibles. Avergonzado por el incidente ha ido directamente a la alcaldía para remover en todas sus influencias, cobrando cuanto favor le deben con tal de meter prisas a la investigación.

Ese es el motivo por el cual al día siguiente el capitán de la regional entra por la puerta del edificio absorto en sus pensamientos. Tenía que elegir a uno de sus hombres para enviarlo a Puente del Río a resolver un caso. El alcalde acaba de pedírselo en una llamada que lo sacó de la cama. Odia que los políticos lo llamen para pedirle favores. Habría que asignar a un inspector al caso de todas formas, lo que pasa es que si se emplean los canales pertinentes tendría tiempo de escoger a alguien que estuviera a punto de finalizar algún trabajo. Sacar a uno de sus hombres de una investigación para mandarlo a otro caso, era algo que detesta hacer. Al que le toque va a cabrearse y con razón.

Se mete a su despacho y revisa los informes de sus hombres. El que está menos ocupado es Durán que lleva una semana entrenando a una nueva compañera. No le gusta enviarlo con una novata al campo, sin embargo es el menos ocupado en estos momentos así que lo decide en menos de cinco minutos. Levanta el teléfono de su despacho y hace lo que habitual en todos los seres humanos: desquitarse de su mal día con un subordinado.

—Durán, te necesito en la jefatura de inmediato –ordena en cuanto el inspector contesta.

—¿Pasa algo? –pregunta Durán con voz soñolienta.

—Te voy a asignar un caso, a ti y a la novata –responde tajante.

—La novata no está lista, jefe.

—No me importa, Durán. El caso lo vas a resolver tú. El protocolo me obliga a mandarte con un compañero. No hay más nadie, así que te las apañas con ella. La petición vino de la alcaldía –refunfuña el jefe.

—¿Otra petición? Yo podría tener un compañero de verdad si no fuera porque lo único que hacemos es complacer peticiones.

—Durán, cuando te toque encargarte de conseguir los presupuestos del cuerpo, entonces podrás ignorar las peticiones de quienes distribuyen el dinero. Te quiero aquí ya, esta orden es lo siguiente a urgente.

El jefe tira el auricular provocando que a Durán le suenen los oídos durante buen rato.

El inspector y su nueva compañera arriban a media mañana a Puente del Río. El equipo forense llegó primero que ellos por lo que al llegar piden el informe al médico de campo que está a punto de abandonar la escena.

—A primera vista –informa el doctor–, los restos pertenecen a un varón joven, caucásico, lleva al menos una semana muerto. Hay bastante poco con lo que trabajar. La tumba era poco profunda. Entre los animales que han dado cuenta del cuerpo y la contaminación que hay en la escena es poco probable que se pueda determinar nada, aparte de lo que ya sabemos. Intentaré hacer lo que pueda, pero va a ser un caso difícil. Les deseo toda la suerte del mundo –concluye, alternando la mirada entre Durán y Katia–, la van a necesitar.

Al despedirse del forense ambos inspectores se acercan al oficial con mas rango presente en la escena. Estrechan su mano para después hacer un par de preguntas de rutina.

—Entonces, ¿no tienen idea de quién es la victima? –cuestiona Katia.

—No –El oficial hace un gesto de frustración

—¿No han reportado a nadie desaparecido o algo? –interviene Durán.

—Tenemos dos, un padre y su hijo han sido reportados como desaparecidos, aunque no hay una denuncia formal.

—¿Cómo así? ¿De qué manera saben que alguien está desaparecido si nadie lo ha denunciado? –Durán lo observa con curiosidad.

—Es un sitio pequeño inspector, la consejera estudiantil del instituto se ha acercado a nosotros en la tarde de ayer a comunicarlo. El chico empezó a faltar a clases y ella se ha estado ocupando del asunto. Ella cree que es relevante, porque los mencionados vivían en una cabaña a poco menos de un kilómetro, aunque lo más seguro es que no tenga relación alguna. Esos dos se mudaron hace poco tiempo aquí y deben haberse vuelto a mudar. Hemos hecho una visita temprano en la mañana a esa cabaña y lo han recogido todo. Se han mudado.

Katia acomoda su cabello tras la oreja y mira de soslayo al inspector.

—¿Han informado a los forenses de esto? –pregunta ella.

—No, ¿debería? –responde el oficial. Katia pone los ojos en blanco.

—No se preocupe –opina Durán–. Nosotros nos encargamos.

—Les hemos habilitado una oficina en comisaría –informa el oficial con una leve sonrisa–. Si quieren puedo acompañarlos para presentarles al resto. El alcalde nos ha ordenado que les brindáramos todo tipo ayuda. Él personalmente les ha alquilado un lugar para quedarse. La cuenta la pagará el ayuntamiento.

—Que honor –La voz de Katia va cargada de sarcasmo.

El resto del día y los siguientes a este, el inspector y Katia se ven envueltos en una carrera por resolver un caso con todo en contra y sin la más mínima pista disponible, en un lugar dónde el alcalde da órdenes al cuerpo policial, aunque no es raro en un pueblo llamado Puente del Río, donde no hay puentes, ni ríos.

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